miércoles, 30 de abril de 2014

Marea negra

(Sobre Herejía, de David Lozano, presentada por Domingo Buesa y Humberto Vadillo en el Museo Diocesano de Zaragoza el 13 de noviembre de 2013)


No recuerdo cómo ni cuándo conocí a David Lozano, sin embargo todavía me veo bajando con él por el bulevar de Fernando el Católico. Era una tarde de finales de primavera, a mediados de los 90. Ya se avecinaban los exámenes de junio y los altos plátanos del paseo proyectaban su sombra gris sobre el pavimento. Venía con nosotros Víctor Solano y recuerdo que paramos en un colmado hoy desaparecido, junto al Bingo Gran Vía, donde despachaban todo tipo de palmeras y bollos. Por aquel entonces todavía no salía con Marta Oliván, mi mujer, quien casualmente resultó ser amiga de David y de Víctor.

Antes o después de aquella tarde Lozano me prestó su primera novela. Se trataba de un libro de tapas duras color burdeos. En la portada tan sólo unas letras impresas en dorado: Marea negra, David Lozano Garbala. La siguiente imagen que viene a mi memoria es la mía propia  leyendo Marea negra en la consulta de mi abuelo: una habitación atestada de muebles antiguos y utensilios médicos. Era ya verano y el calor me hacía sudar mientras pasaba las páginas de la novela, ambientada en Guinea Ecuatorial. 

Tal vez lo que acabo de contar no sucediera según lo recuerdo, porque como escribe Daniel Gascón en su última obra, Entresuelo: todos nuestros recuerdos son inventados. Lo que sí sucedió años más tarde fue que Mira Editores publicó Marea negra bajo el título de La senda del ébano. Después vendría Donde surgen las sombras, galardonada con el premio Gran Angular y de la cual se han vendido 122.000 ejemplares. A continuación la trilogía La puerta oscura, que próximamente será llevada al cine por Andrés Vicente Gómez. Todo esta trayectoria ha convertido a David Lozano en exitoso autor de novela juvenil leído en multitud de colegios.  

La presentación de Herejía tuvo lugar en el Museo Diocesano, antaño Palacio Arzobispal. Según cuentan los cronistas, Fernando el Católico solía alojarse allí cuando visitaba Zaragoza. Durante las estancias reales, el tribunal inquisitorial, cuya sede habitual era La Aljafería, se trasladaba en ocasiones al Palacio Arzobispal, con el fin de realzar al poder del rey -hecho que nos narra el catedrático Domingo Buesa.

Podría afirmarse que Herejía es una novela de capa y espada en la cual el noble aragonés Luis de Ortuña, trata de salvar a su padre de las garras de la Inquisición, a través de una serie de tretas, escaramuzas y lances amorosos. La novela cuenta con el aliciente de recorrer los lugares de la Zaragoza bajomedieval, sobre la que el autor se ha documentado de maravilla gracias –reconoce– a una vecina historiadora, con la cual sin embargo tuvo alguna discrepancia. Por ejemplo: un personaje mira a través del cristal de la ventana, y su documentadora le informa que en la Edad Media las ventanas carecían de cristales. 

Anécdotas aparte, Herejía revela la maestría alcanzada por David Lozano en el género de la novela juvenil. El autor maneja con soltura las tramas novelescas, dosificando la información y avanzando el relato sin apenas respiro en las peripecias de los personajes. Respecto de éstos habrá quién achaque al autor un cierto maniqueísmo de buenos y malos. La explicación, a mi modo de ver, debe buscarse en el género de la novela juvenil: conviene, sin duda, enseñar a nuestros jóvenes a discernir entre el bien y el mal.

Herejía introduce también la figura del familiar de la Inquisición. Según explica el autor los familiares de la Inquisición eran un órgano compuesto por seglares. Su función era básicamente la delación de posibles herejes. Para ello gozaban del privilegio de no poder ser acusados por aquellos a quienes imputaban delitos. También podían llevar armas, y hasta se beneficiaban económicamente de su labor. Ser familiar del Santo Oficio era, en definitiva, un honor, ya que suponía un reconocimiento público de limpieza de sangre, y al mismo tiempo era un modo subrepticio de ejercer el poder. ¿Cuántas veces ocurriría que un familiar acusara en falso a un vecino sólo para perjudicarle? Lo más temible de todos los regímenes totalitarios –y el de Fernando el Católico lo fue– no son los sátrapas que los dirigen, ni tampoco sus acólitos en el poder, sino más bien aquellas capas anónimas de la sociedad que los sustentan y reciben a cambio pequeñas prebendas. Esta reflexión me trae a la memoria la magnífica película El crisol, basada en la obra teatral de Arthur Miller, Las brujas de Salem, que recomiendo encarecidamente a todos los lectores de este blog.

¿Qué más puedo escribir sobre Herejía, aparte de recomendar su lectura a todos los jóvenes? Debería de mostrar alguna discrepancia, tal vez, para no resultar empalagoso en mis alabanzas. Puesto a ello diré que, a mi modo de ver, la retórica de David Lozano lo emparenta en exceso con Dumas, cuando yo preferiría que siguiera a Stevenson... Pero esta crítica se la explicaré al propio autor mientras tomamos sendos güisquis en una boda que ambos compartiremos próximamente. 

¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquella lejana tarde primaveral en que caminábamos bajo los plátanos de Fernando el Católico! 



viernes, 14 de febrero de 2014

Una sociedad culta, cosmopolita y libre de prejuicios

(Sobre Librerías, de Jorge Carrión, presentada por Antón Castro en la librería Cálamo el 7 de noviembre de 2013)


La eclosión actual de teléfonos inteligentes y redes sociales ha publificado nuestra propia imagen. No tenemos más que acceder a internet y las instantáneas de quienquiera que busquemos se muestran ante nuestros ojos. Hace pocos años, en cambio, no era así. Uno leía un texto y todavía trataba de imaginar el rostro de su autor antes de entrar en Google imágenes y teclear su nombre.

Hace pocos años, cuando me convertí en lector asiduo de los artículos de Jorge Carrión en ABC, La Vanguardia, El País, Quimera... la lucidez de su autor me indujo a imaginarle como una especie de catedrático canoso y con gafas, alguien parecido a José Carlos Mainer, o a su admirado Juan Goytisolo.

Esa misma lucidez de los artículos es la que ahora destilan las páginas de su última obra, Librerías, con la cual quedó finalista del Premio Anagrama de Ensayo. Si alguien me preguntara por el género de Librerías no sabría qué decirle. Se trata de una obra ensayística, obviamente. Pero también contiene un libro de viajes, una novela de no ficción  e incluso un tratado literario.

Carrión nos cuenta su periplo por distintas librería de todo el mundo, desde Londres y París hasta Tánger, Buenos Aires, la India, San Francisco o Johannesburgo. El suyo es un relato en primera persona que se va entreverando con el relato de las vidas de los libreros y escritores que pasaron por allí, de forma que la narración se enriquece con citas de autores y con historia de la literatura. La peculiaridad de Librerías reside en la brevedad de todos estos fragmentos, que se suceden ante los ojos lectores con la naturalidad de los planos de una película. Y la amenidad de la película es tal que uno apenas se da cuenta de que ha concluido un capítulo y, de pronto, pasa a otro continente, o a otro universo literario sin solución de continuidad.

El empeño de la obra era arriesgado. Su autor corría el riesgo de caer en la enumeración repetitiva de locales, pese al exotismo e interés de todos ellos. Pero la inteligente yuxtaposición de fragmentos: relato, ensayo, cita, tratado literario… evita toda monotonía. Y lo repito de nuevo: la obra se lee sin darse uno cuenta, como si en vez de un ensayo se tratara de una novela. El mensaje que parece transmitirnos Jorge Carrión es que en torno a las librerías del mundo se aglutina una especie de sociedad intelectual: la de los libreros y sus clientes. Una sociedad culta, cosmopolita y libre de prejuicios.







lunes, 9 de diciembre de 2013

Zaragoza, comedia humana

(Sobre Pálido monstruo, de Juan Bolea, editada por Espasa)



Todavía recuerdo cuando, hará un año, hojeé Pálido monstruo en la FNAC de Plaza de España. Abrí el libro por la primera página y una de sus primeras frases llamó mi atención. Decía así: Fidel María Paternoy, el abogado penalista que treinta años atrás había sido alcalde de Zaragoza, vio a Ramiro, el ciego de El Tubo, y se dirigió hacia él para comprarle un cupón (…)

Palido monstruo cuenta la historia de un crimen, el de la abogada Eloisa Ángel, autentica femme fatale que forma un triángulo amoroso con el periodista Luis Murillo y con el también abogado David Sánchez, en el marco de las elecciones locales de 2011. 

¿Qué hacía ahí esa oración subordinada: que (...) había sido alcalde de Zaragoza, en medio de una frase principal que contenía una información más vanal? Ya no volvería a abrir el libro hasta un año más tarde, cuando Félix González, de Los Portadores de Sueños, la puso finalmente en mis manos. Había concluido la presentación de La mala luz, de Carlos Castán –curiosamente, otra novela ambientada en Zaragoza– y cumplí con el ritual de dirigirse al bar Circo a tomar el consabido pincho de tortilla, mientras la bolsa rojinegra de la librería descansaba sobre la barra de zinc reluciente.




Que treinta años atrás había sido alcalde de Zaragoza… Al fin, hace tres madrugadas, volví a leer la frase. Había entresacado el libro de mi estantería, con ganas de leer por primera vez a Juan Bolea, y comprobé que la susodicha subordinada formaba parte de un procedimiento narrativo que había de repetirse a lo largo de la obra.  Porque, si bien Pálido monstruo es una novela negra, el autor se encarga de entreverar detalles sobre lugares, sobre personajes secundarios o sobre hechos en apariencia nimios que contribuyen a retratar la ciudad. Suelen aparecer a modo de breve frases, o de escuetos párrafos que se acumulan hasta abonar la tesis de que existe un novela dentro de la novela, o –como diría Bolea–, un segundo nivel de lectura en el cual, Zaragoza, la propia urbe, sería la verdadera protagonista coral del relato. 

Según esta tesis los personajes y lugares serían como las teselas de un mosaico que representaría a la ciudad. ¿Y qué clase de dibujo forman esas teselas? No otro que el de la ambición. Los protagonistas de Bolea son eminentemente balzaquianos. Partiendo del alcalde Paternoy –un trasunto, muy libre, de Ramón Sáinz de Varanda–, y continuando con el periodista Luis Murillo o con los abogados Eloisa Ángel y David Sánchez. Todos ellos buscan el éxito, el renombre local. Y a cada embate de ambición, todo parece enturbiarse a pesar del brillo aparente, como los cielos nublados de la portada.

Aunque el escritor zaragozano no descuide en ningún momento el argumento criminal, resulta evidente ese gusto por recrearse en los personajes y en la ciudad más allá de la trama detectivesca. Prueba de ello es la aparición del asesinato en la página 140. Lo habitual en una novela negra al uso hubiera sido que sucediera en el primer tercio, antes de la página 70, y sin embargo Bolea se demora a propósito por el gusto de mostrarnos esas estampas de la vida zaragozana.

Pálido monstruo me ha parecido, en efecto, una novela de costumbres, que se asienta en esa descripción de tipos y de lugares, pero también en la política-ficción y el periodismo. Bolea no duda en citar expresamente al PSOE y al PP, o en hablar de El Periódico y de “El Comercial” –en alusión jocosa a Heraldo de Aragón–. Destaca, en este sentido, el personaje de Nipho, el murmurador, un Larra actual que va tomando el pulso a la realidad, como si se tratara del eco de la opinión pública. Para Nipho, al igual que para el ciudadano medio, la política no es más que un juego, una especie de duelo futbolístico para contemplar desde la grada.

Me ha parecido un acierto fusionar la narración tradicional, en primera o en tercera persona, con el artículo periodístico, el atestado policial o el informe forense. Esta mezcolanza de géneros ya la practicaba Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta y aquí contribuye a enriquecer, a dar variedad a un género tan abundado como la novela negra.

Recapitulando: Pálido monstruo es una novela policiaca, sí, pero sobre todo es una novela de costumbres, hija de la crisis económica y política que nos asola. A muchos sorprenderá su intempestivo final, habrá quien lo juzgue inverosímil. A mí, en cambio, me ha parecido brillante, porque más que la verosimilitud argumental, me da la impresión de que el autor busca una moraleja a la fábula que ha puesto en marcha. Así lo pienso mientras vuelvo a meter la novela en el hueco que dejé tres noches antes, entre Pálido fuego, de Nabokov y Paradiso, de Lezama Lima. Y en el silencio de la madrugada me da la impresión de oír la voz de Juan Bolea susurrarme al oído: Ten cuidado, amigo, porque en toda esta comedia humana, la realidad anida bajo las apariencias...  





jueves, 10 de octubre de 2013

La novelista intérprete / The actress novelist

(Sobre Del color de la leche, de Nell Leyshon, presentada por Miguel Serrano en la librería Cálamo el 26 de septiembre de 2013. Con la presencia de Raquel Vicedo, editora de Sexto Piso) 


La voz de Nell Leyshon resuena entre los estantes de la librería Cálamo: 

este es mi libro y lo estoy escribiendo con mi propia mano. 
en este año del señor de mil ochocientos treinta y uno he llegado a la edad de quince años y estoy sentada al lado de la ventana y los pájaros llenan el cielo con sus gritos. veo los árboles y veo las hojas. 
y cada hoja tiene venas que la recorren.
y la corteza de cada árbol tiene grietas.
no soy muy alta y mi pelo es del color de la leche (…)

Quien habla es Mary, una adolescente coja y albina que vive en la Inglaterra victoriana, en esa misma Inglaterra de las novelas de Jane Austen o de las hermanas Brontë. Mary narra su propia historia y la voz de Nell Leyshon semeja un eco que nos transporta a otra época. Me pregunto cómo sonará la voz de Mary en castellano, -afirma la autora-. No en vano, Leyshon es una mujer del teatro, ha escrito dramas galardonados con diversos premios en el Reino Unido, y sus obras han sido representadas en el Shakespeare Globe Theatre.  

El padre de Mary maldice a sus cuatro hijas por no haber engendrado un varón que lo ayude en las tareas del campo, mientras las cuatro chicas desempeñan los más arduos trabajos: sacar pedruscos de la tierra, cuidar del ganado, hacer las tareas domésticas… No se permiten ni un respiro en sus quehaceres diarios y viven en el presente porque, como explica Leyshon, los analfabetos, al no leer, no suelen evocar el pasado ni sondear el futuro, sino que se aferran a lo inmediato, a lo puramente narrativo sin apenas describir lo que les rodea.


Un buen día la vida de Mary da un giro inesperado, es enviada a servir en la mansión del vicario, cuya esposa enferma necesita compañía. Saldrá de la casa paterna y se adentrará en un universo desconocido en el cual aprenderá a leer. Miguel Serrano apunta que las frases de Mary se parecen a versículos, por su laconismo y brevedad. De hecho, el libro con el cual el vicario le enseñará a leer no es otro que la Biblia. 

Aparte de ese indudable carácter versicular, en las frases de la narradora abundan los versos auxiliares; las estructuras simples de sujeto, verbo y predicado; así como una ortografía peculiar en la cual no se utilizan las mayúsculas y se sustituyen numerosas comas por puntos y seguido. Estos recursos lingüísticos contribuyen a caracterizar la escritura y el habla de alguien que ha conocido el lenguaje de un modo pobre y tardío. Leyshon nos cuenta que para preparar la novela leyó poemas escritos por esclavos afroamericanos de finales del XIX, que aprendían a leer de forma tardía y que, sin embargo, poseían una de gran belleza lírica.

Y llegado a este punto, después de acumular detalles acerca de la novela y de su protagonista, me permito concluir que la novelista y dramaturga Nell Leyshon ha “actuado” a su personaje, ha creado un retrato tan vívido que casi parece que podamos tocar a Mary, oír su voz como si se tratara de un eco del pasado reverberando entre los estantes de la librería Cálamo.

Tengo el mismo defecto que Mary –afirma Nell Leyshon–, siempre digo lo que pienso… Sirva esta frase como introducción a una novela femenina y feminista. Una magnífica lectura para el otoño que comienza. Y nada más me queda por añadir, tan sólo agradecer a mi compañero de presentaciones, Félix Santander, las fotografías de esta crónica.




------------------------------------------------------------------------------------------------------------

(About Nell Leyshon The color of the milk, introduced by Miguel Serrano at Cálamo bookshop, Zaragoza, Spain, the 26th september 2013. With the presence of Raquel Vicedo, spanish editor of Sexto Piso)


Nell Leyshon´s voice sounds among the shelves of Cálamo bookshop:

this is my book and I am writing it with my own hand. 
in this year of lord of eighting thirty one I have reach the age of fifteen years and I am sitting beside the window anf the birds fil the sky with their shouts. I see the trees and I see the leaves. 
and each leaf has veins going over.
and the bark of each tree has cracks.
I am not very tall and my hair is of milk´s color (…)

Who talks is Mary, a lame albino teenager who lives in the victorian England, that same England of Jane Austen or Brontë sisters novels. Mary tells her own story and Nell Leyshon´s voice seems an echo that takes us to another age. I wander how Mary´s voice sounds in spanish -says the author-. Not for nothing, Leyshon is a theatre woman, she has written plays awarded with several prizes in the United Kingdom, and her dramatic pieces has been represented at the Shakespeare Globe Theatre.

Mary´s father courses her four daughters because he hasn´t give birth to a boy, so as to help him with the land, while the four girls carry out the harshest jobs: taking out stones from the land, looking after the cattle, making domestic works… They don´t have a moment of rest and live the present, because as Leyshon explains, the illiterates, cause they can not read, don´t think about past or future, but cling to the present, to tell want happens, without descriptions of what surrounds them.

A day like others, Mary´s life changes dramaticly, she is sent to serve at the vicar´s mansion, her wife is ill an needs company. So Mary will leave her parents and enter an unknown universe in which she will learn how to read and write. Miguel Serrano points out that Mary´s sentences seem yo be verses, for its laconic style and brevity. As a matter of fact, the book with which the vicar shows her how to is the Bible.



Apart of this evident verses similarity, in the narrator phrases abound the common verbs; the simple structures of subject, verb and predicate; so as a peculiar ortography in which capital letters are not used, and many commas are changed for full stops. These linguistic means contribute to define the writing and speaking  of someone who has known the language in a poor and late way. Leyshon tell us that to prepare the novel she read poems written by african american slaves from the end of XIX century. They also learnt how to read in a late way, however the poems had a strange lyric beauty.

At this point, after gathering details concerning to the novel and her protagonist, I daresay that the novelist and playwright Nell Leyshon has “acted” her character, she has created a so vivid portrait of Mary that it seems we can touch her, listen to her voice as if she was an echo reverberating among the shelves of Cálamo bookshop.

I have the same defect as Mary –states Nell Leyshon–, I always say what I think… Let´s make use of this statement to introduce this feminine and feminist novel. An excellent read for the starting autumm. And nothing more I have to say, just thank my companion of presentations, Félix Santander, for the pictures of this report.

jueves, 5 de septiembre de 2013

La mujer como juguete roto

(Sobre Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz, presentada en la librería Cálamo por el escritor Luisgé Martín el 19 de septiembre de 2013)


Daniela Astor y la caja negra encierra, en realidad, dos novelas. La primera se desarrolla en plena Transición y narra la adolescencia de Catalina y Angélica, dos amigas que fantasean ser Daniela Astor y Gloria Adriano, mujeres ricas, sensuales y sofisticadas, adoradas por los hombres, a imagen de las divas del destape. Esta primera novela, que bien podría titularse "Daniela Astor" a secas, es intimista y está escrita en tono conversacional, con un lenguaje sencillo y emotivo que combina la comedia y el drama.

La segunda novela adquiere la apariencia de guión para un documental, escrito por la propia Catalina ya adulta, y titulado “La caja negra”. En él se da cuenta, a modo de capítulos, de la vida de diversas estrellas del destape: las primas Estrada, María José Cantudo, Bárbara Rey… Así como de diversas películas, e incluso géneros cinematográficos: No desearas al vecino del quinto, La muchacha de las bragas de oro… “La caja negra” también está escrita en un lenguaje sencillo y directo, pero la emotividad de "Daniela Astor" se convierte en causticidad, y la comedia ya no combina con el drama, sino con el terror moral derivado de la decadencia que sufrieron todas aquellas mujeres, algunas muertas en trágicas circunstancias (Amparo Muñoz, Sandra Mozarowsky…) Parece evidente que el sentido del título, "La caja negra" alude al descubrimiento de la verdad, de lo que realmente sucedió.

No cabe duda que abordar hoy en día el tema del destape corría el riesgo de resultar anacrónico. De ahí la audacia y el acierto literario de Marta Sanz, que ha sabido dotar de actualidad a toda esa cultura ya caduca de los años 70, mediante el análisis de su contenido esencial, que no es otro que una crítica al machismo subyacente. En efecto, todas aquellas mujeres: la Cantudo, la Rey, las Estrada que antaño fueron admiradas, hoy pululan por programas televisivos como Sálvame exhibiendo sus arrugas, o bien han sido olvidadas por completo.

Es en este punto, en el del sentido profundo del relato, es donde la novela "La caja negra" entronca y muestra su coherencia con la novela de "Daniela Astor", donde las dos amigas dejarán progresivamente de ser Daniela Astor y Gloria Adriano para convertirse en quienes son en realidad: Catalina Hernández y Angélica Bagur. Y esta transformación se produce porque su propia vida las hace descender al mundo real. Pero en concreto será el aborto (no desvelo de quién), el detonante de ese descenso a una realidad bastarda, que preconizaba en lo público la libertad sexual y la emancipación de la mujer para más tarde criminalizarla.

El mensaje que transmiten “Daniela Astor” y “La caja negra” es en este sentido paralelo: el de la mujer como un juguete roto, un bonito juguete manoseado por todos que acaba repleto de rayas y abolladuras.

Ya perdonará el lector de este artículo mis excesos metafóricos, pero es que, como ocurre a menudo con las grandes obras literarias, resulta mucho más difícil explicarlas que leerlas. A la vista de las críticas, no creo ser original al afirmar que ésta es una gran novela, que merece ser leída. En mi opinión la calidad literaria de Marta Sanz está a la altura de su colega de Anagrama, Rafael Chirbes: ambos enfrentan de lleno la cultura española, sin el temor de tantos escritores a ser considerados “costumbristas”.



lunes, 15 de julio de 2013

Niveles de lectura

(Sobre Mundo salvaje, de Virginia Aguilera, presentada por Juan Bolea en el teatro Principal el 2 de julio. Acto organizado por la librería Los Portadores de Sueños)



Inicia Juan Bolea su disertación sobre Mundo salvaje con una reflexión literaria de calado. Existen, en su opinión, dos tipos de novelistas: quienes buscan una voz propia, un estilo; y aquellos que priman el argumento y la caracterización de los personajes. Los primeros persiguen la estética del lenguaje, la expresión de un universo personal; los segundos, en cambio, se centran en contar historias y en crear caracteres creíbles  Entre los estilistas cita a Cela y a Umbral; entre los narradores se decanta por Galdós y Delibes: Fortunata y Jacinta… Las ratas… -afirma Bolea.

Y la distinción no puede parecerme más certera. A menudo, el estilo y la narración se parecen a los dos señores del Evangelio: no se puede servir fielmente a uno sin descuidar a la otra. Pongo como ejemplo al citado Camilo José Cela: sus obras más narrativas son las más neutras desde el punto de vista estilístico: La familia de Pascual Duarte, La colmena... En cambio, en sus obras más estilísticas, la narración y los personajes tienden a desaparecer: San Camilo, 1936; Mazurca para dos muertos… 

Dicho lo cual, Juan Bolea no duda en clasificar a Virginia Aguilera entre las narradoras. Virginia es una joven autora zaragozana que ha publicado hasta la fecha dos novelas. Con la primera, Helena Kin, ganó el premio Casino de Mieres 2011. Por la actual, Mundo salvaje, le ha sido concedido en Mérida el XV premio de novela Juan Pablo Forner.

Uno de los primeros aciertos narrativos de Mundo salvaje consiste en hurtar información al lector: nos encontramos en un desconocido país tropical. El narrador es un innominado hombre maduro, ligado sentimentalmente a una mujer joven. Ambos son dirigentes de un partido político cuya ideología desconocemos, en un país regido por un sistema político que ignoramos. Los dos se embarcan en un viaje de precampaña a las provincias más deprimidas del país, pobladas por espesas selvas.

En el curso del viaje la pareja sufre un accidente que lo deja a él impedido. Y es entonces cuando aparece el tercer personaje. Se trata de un enigmático habitante de la jungla, que inicialmente los ayuda, pero que al cabo se convertirá en su carcelero, al adentrarlos en la selva y suministrarles víveres sin facilitarles, sin embargo, el camino de regreso a la civilización. El extraño personaje, mezcla de Tarzán y del coronel Kurtz de El corazón de las tinieblas, es apodado por la pareja “La Bestia”. 

Con todas estas carencias de información, la autora logra crear desde el inicio una atmósfera de misterio que universaliza a los personajes y facilita la identificación del lector con ciertas actitudes, identificación que resulta muy cara al desarrollo narrativo posterior, donde deberemos acompañar a los protagonistas a través de penurias. No en vano, la de Aguilera es ante todo una novela de aventuras.

Sin embargo, la obra contiene diversos niveles de lectura. Uno puede quedarse con la novela de aventuras y se divertirá, sin duda –afirma Juan Bolea–, pero Mundo salvaje es además una sátira sobre el mundo de la política, y también una novela filosófica acerca de la civilización.

Sobre este punto reflexiona la autora. En efecto, su intención era contraponer la sociedad humana al mundo de la naturaleza. El hombre se empeña se afirmar la superioridad de la civilización sobre el mundo salvaje, pero ella se pregunta: ¿qué tipo de salvajismo es peor, el de la sociedad civilizada o el de la naturaleza? ¿No será, en realidad, la civilización un mero estadio evolutivo de la naturaleza?

Desde luego, cuando uno piensa en los crímenes e inmoralidades sin cuento que se comenten en nuestro mundo civilizado, no puede por menos que congraciarse con tales argumentos. No obstante, no ha sido este el nivel de lectura que más me impactado al leer la novela, sino otro, no citado por Virginia Aguilera ni por su presentador, y que expongo a continuación…

Mundo salvaje  me ha parecido una novela sobre las relaciones de pareja. El narrador e Ivi (que así se llama la protagonista), se conocen en la capital y se enamoran. A continuación emprenden su viaje de precampaña por regiones más exóticas del país, que se asemeja a un viaje de novios; para concluir en la selva, que simboliza la vida en común, con todas sus alegrías y sinsabores. “La Bestia” formaría parte de esa jungla conyugal: él premia y castiga a la pareja, al igual que la vida nos premia y castiga a diario.

En mi opinión Virginia Aguilera es una gran narradora, y Mundo salvaje merecería publicarse en Anagrama, en Seix Barral, en Tusquets , en Mondadori…  

martes, 2 de julio de 2013

Vivir para novelar

(Sobre Encuentro en Berlín, de Pepe Ribas, presentado por la periodista Concha Monserrat en la librería Calamo el 18 de junio) 



Pepe Ribas es un tipo elegante. En la presentación viste camisa a rayas turquesas y pantalón marengo. Los zapatos, en cambio, son marrones, voluminosos y de ancha suela de goma. Tal vez con ellos haya recorrido el autor los escenarios de Encuentro en Berlín: Alemania, Ucrania, Polonia, Austria, Chile...

Una de las primeras ideas que nos transmite el autor es que, ante el dilema entre vida y literatura, él optó por vivir para, a continuación, escribir sobre lo vivido. Y este parece ser, en efecto, el procedimiento seguido en la redacción de su última novela, porque si algo denota el texto es que la documentación que le sirve de soporte es mucho más vital que libresca. 

A pesar de las múltiples tramas, podría decirse que Encuentro en Berlín gira en torno a una aventura amorosa, la que mantienen en la capital alemana un joven chileno: Ernesto Usabiaga, y un maduro ucraniano: Maksim Kazantev. Ambos personajes son paralelos en muchos aspectos. Los dos pertenecen a la clase acomodada de sus países; los dos se sienten hastiados de sus profesiones y, por último, los dos descienden de padres y abuelos represaliados por regímenes totalitarios: el nazismo, el estalinismo, el pinochetismo….

Ya no creo que la política o el periodismo puedan cambiar nada, aprovecho la distancia que me da estar en Europa para pensar qué voy a hacer con mi vida –afirma Ernesto. Él joven editaba una revista crítica en defensa del medio ambiente: Manjares, que ha sido boicoteada por los poderes fácticos chilenos: las industrias del cobre y del vino. 

Te voy a hacer un regalo. La jauría, de Emile Zola (…) explica la vida de un especulador insaciable (…) –le responde Maxim. El ucraniano es también un especulador. Gracias a su familia y a la de su mujer, pertenece a la nueva oligarquía nacida tras la caída de la Unión Soviética: ese grupo de privilegiados que, a la sombra de los jerarcas militares y políticos, controla los grandes negocios estatales. En el caso de Maxim se trata principalmente del gas natural.

Para proporcionarle un medio de vida, el ucraniano introducirá al chileno en una compleja red de espionaje cuya finalidad es la construcción de gasoductos en el este de Europa. 

Le pregunto a Pepe Ribas si para crear el argumento se sirvió de las novelas de espías, al estilo de las de John Le Carré o Graham Greene: aquellas que nos habla de los tejemanejes de los poderosos al margen de la sociedad civil y democrática. El autor vacila unos segundos, y finalmente afirma que quizá… que tal vez la literatura de espías le haya servido para hablar sobre el poder…

Y, en efecto, una vez leída la novela, da la impresión de que el poder sea el tema nuclear de la obra. Es su ejercicio, en definitiva, quien acaba con la revista de Ernesto, quien manipula a Maxim y quien destroza las vidas de los padres y abuelos de ambos a manos de los regímenes totalitarios antes citados. Se trata de un poder invisible a la ciudadanía, que rodea, seduce y destruye a los personajes y nos remite a la idea del mal.

Encuentro en Berlín es una novela surge por acumulación. El autor nos explica cómo, durante los cuatro años que duró su redacción, fue aglutinando tramas, personajes y escenarios hasta deparar su compleja estructura. Tres fueron, según él, los leit motivs que lo inspiraron. Pepe Ribas quería, en primer lugar, escribir sobre los cosacos, que lo fascinaban desde que su padre lo llevo de niño a presenciar un espectáculo de danza. El autor también tuvo presente la literatura rusa, en particular la obra Tolstoi, que ha leído en su integridad. Y, por último, también quiso poner de relieve la cultura centroeuropea, la cual, a su juicio, se encuentra desplazada por la anglosajona.

Esta última afirmación no puede parecerme más cierta. ¿Por qué cuando miro mi biblioteca descubro sobre todo literatura hispánica y anglosajona, mientras la francesa, la alemana o la rusa tienen una presencia modesta? ¿Por qué al preguntar al autor sobre las novelas de espionaje, no he hecho sino citar a los británicos Greene y Le Carré? ¿Por qué la mayoría de reseñas de autores extranjeros en los suplementos literarios se refiere a autores anglosajones? ¿A qué se deberá, en definitiva, la preeminencia de lo anglosajón? 

Encuentro en Berlín me ha parecido una magnífica novela y me ha recordado a otra que comenté en este blog: Yo confieso, de Jaume Cabré. Ambas compartes esa presencia constante del mal como eje del relato, y el carácter acumulativo de tramas y personajes a lo largo de diversos lugares y épocas. Comparten también Cabré y Ribas el haber escrito sendas novelas de ideas, que tienen el acierto de centrarse en lo novelesco, sin recaer en la exposición de teorías filosóficas.

Son las siete de la mañana, y mientras corrijo estas líneas me dirijo a mi biblioteca para seleccionar otra novela. Escojo Los cosacos de Tolstoi, en la edición publicada por Atalanta en 2009, y mientras leo la solapa imagino a Pepe Ribas con la camisa a rayas turquesas y los zapatos marrones. De su hombro cuelga una escueta bolsa de viaje. Se encuentra en la sala de espera de algún aeropuerto, dispuesto a vivir para después novelar.