lunes, 15 de julio de 2013

Niveles de lectura

(Sobre Mundo salvaje, de Virginia Aguilera, presentada por Juan Bolea en el teatro Principal el 2 de julio. Acto organizado por la librería Los Portadores de Sueños)



Inicia Juan Bolea su disertación sobre Mundo salvaje con una reflexión literaria de calado. Existen, en su opinión, dos tipos de novelistas: quienes buscan una voz propia, un estilo; y aquellos que priman el argumento y la caracterización de los personajes. Los primeros persiguen la estética del lenguaje, la expresión de un universo personal; los segundos, en cambio, se centran en contar historias y en crear caracteres creíbles  Entre los estilistas cita a Cela y a Umbral; entre los narradores se decanta por Galdós y Delibes: Fortunata y Jacinta… Las ratas… -afirma Bolea.

Y la distinción no puede parecerme más certera. A menudo, el estilo y la narración se parecen a los dos señores del Evangelio: no se puede servir fielmente a uno sin descuidar a la otra. Pongo como ejemplo al citado Camilo José Cela: sus obras más narrativas son las más neutras desde el punto de vista estilístico: La familia de Pascual Duarte, La colmena... En cambio, en sus obras más estilísticas, la narración y los personajes tienden a desaparecer: San Camilo, 1936; Mazurca para dos muertos… 

Dicho lo cual, Juan Bolea no duda en clasificar a Virginia Aguilera entre las narradoras. Virginia es una joven autora zaragozana que ha publicado hasta la fecha dos novelas. Con la primera, Helena Kin, ganó el premio Casino de Mieres 2011. Por la actual, Mundo salvaje, le ha sido concedido en Mérida el XV premio de novela Juan Pablo Forner.

Uno de los primeros aciertos narrativos de Mundo salvaje consiste en hurtar información al lector: nos encontramos en un desconocido país tropical. El narrador es un innominado hombre maduro, ligado sentimentalmente a una mujer joven. Ambos son dirigentes de un partido político cuya ideología desconocemos, en un país regido por un sistema político que ignoramos. Los dos se embarcan en un viaje de precampaña a las provincias más deprimidas del país, pobladas por espesas selvas.

En el curso del viaje la pareja sufre un accidente que lo deja a él impedido. Y es entonces cuando aparece el tercer personaje. Se trata de un enigmático habitante de la jungla, que inicialmente los ayuda, pero que al cabo se convertirá en su carcelero, al adentrarlos en la selva y suministrarles víveres sin facilitarles, sin embargo, el camino de regreso a la civilización. El extraño personaje, mezcla de Tarzán y del coronel Kurtz de El corazón de las tinieblas, es apodado por la pareja “La Bestia”. 

Con todas estas carencias de información, la autora logra crear desde el inicio una atmósfera de misterio que universaliza a los personajes y facilita la identificación del lector con ciertas actitudes, identificación que resulta muy cara al desarrollo narrativo posterior, donde deberemos acompañar a los protagonistas a través de penurias. No en vano, la de Aguilera es ante todo una novela de aventuras.

Sin embargo, la obra contiene diversos niveles de lectura. Uno puede quedarse con la novela de aventuras y se divertirá, sin duda –afirma Juan Bolea–, pero Mundo salvaje es además una sátira sobre el mundo de la política, y también una novela filosófica acerca de la civilización.

Sobre este punto reflexiona la autora. En efecto, su intención era contraponer la sociedad humana al mundo de la naturaleza. El hombre se empeña se afirmar la superioridad de la civilización sobre el mundo salvaje, pero ella se pregunta: ¿qué tipo de salvajismo es peor, el de la sociedad civilizada o el de la naturaleza? ¿No será, en realidad, la civilización un mero estadio evolutivo de la naturaleza?

Desde luego, cuando uno piensa en los crímenes e inmoralidades sin cuento que se comenten en nuestro mundo civilizado, no puede por menos que congraciarse con tales argumentos. No obstante, no ha sido este el nivel de lectura que más me impactado al leer la novela, sino otro, no citado por Virginia Aguilera ni por su presentador, y que expongo a continuación…

Mundo salvaje  me ha parecido una novela sobre las relaciones de pareja. El narrador e Ivi (que así se llama la protagonista), se conocen en la capital y se enamoran. A continuación emprenden su viaje de precampaña por regiones más exóticas del país, que se asemeja a un viaje de novios; para concluir en la selva, que simboliza la vida en común, con todas sus alegrías y sinsabores. “La Bestia” formaría parte de esa jungla conyugal: él premia y castiga a la pareja, al igual que la vida nos premia y castiga a diario.

En mi opinión Virginia Aguilera es una gran narradora, y Mundo salvaje merecería publicarse en Anagrama, en Seix Barral, en Tusquets , en Mondadori…  

martes, 2 de julio de 2013

Vivir para novelar

(Sobre Encuentro en Berlín, de Pepe Ribas, presentado por la periodista Concha Monserrat en la librería Calamo el 18 de junio) 



Pepe Ribas es un tipo elegante. En la presentación viste camisa a rayas turquesas y pantalón marengo. Los zapatos, en cambio, son marrones, voluminosos y de ancha suela de goma. Tal vez con ellos haya recorrido el autor los escenarios de Encuentro en Berlín: Alemania, Ucrania, Polonia, Austria, Chile...

Una de las primeras ideas que nos transmite el autor es que, ante el dilema entre vida y literatura, él optó por vivir para, a continuación, escribir sobre lo vivido. Y este parece ser, en efecto, el procedimiento seguido en la redacción de su última novela, porque si algo denota el texto es que la documentación que le sirve de soporte es mucho más vital que libresca. 

A pesar de las múltiples tramas, podría decirse que Encuentro en Berlín gira en torno a una aventura amorosa, la que mantienen en la capital alemana un joven chileno: Ernesto Usabiaga, y un maduro ucraniano: Maksim Kazantev. Ambos personajes son paralelos en muchos aspectos. Los dos pertenecen a la clase acomodada de sus países; los dos se sienten hastiados de sus profesiones y, por último, los dos descienden de padres y abuelos represaliados por regímenes totalitarios: el nazismo, el estalinismo, el pinochetismo….

Ya no creo que la política o el periodismo puedan cambiar nada, aprovecho la distancia que me da estar en Europa para pensar qué voy a hacer con mi vida –afirma Ernesto. Él joven editaba una revista crítica en defensa del medio ambiente: Manjares, que ha sido boicoteada por los poderes fácticos chilenos: las industrias del cobre y del vino. 

Te voy a hacer un regalo. La jauría, de Emile Zola (…) explica la vida de un especulador insaciable (…) –le responde Maxim. El ucraniano es también un especulador. Gracias a su familia y a la de su mujer, pertenece a la nueva oligarquía nacida tras la caída de la Unión Soviética: ese grupo de privilegiados que, a la sombra de los jerarcas militares y políticos, controla los grandes negocios estatales. En el caso de Maxim se trata principalmente del gas natural.

Para proporcionarle un medio de vida, el ucraniano introducirá al chileno en una compleja red de espionaje cuya finalidad es la construcción de gasoductos en el este de Europa. 

Le pregunto a Pepe Ribas si para crear el argumento se sirvió de las novelas de espías, al estilo de las de John Le Carré o Graham Greene: aquellas que nos habla de los tejemanejes de los poderosos al margen de la sociedad civil y democrática. El autor vacila unos segundos, y finalmente afirma que quizá… que tal vez la literatura de espías le haya servido para hablar sobre el poder…

Y, en efecto, una vez leída la novela, da la impresión de que el poder sea el tema nuclear de la obra. Es su ejercicio, en definitiva, quien acaba con la revista de Ernesto, quien manipula a Maxim y quien destroza las vidas de los padres y abuelos de ambos a manos de los regímenes totalitarios antes citados. Se trata de un poder invisible a la ciudadanía, que rodea, seduce y destruye a los personajes y nos remite a la idea del mal.

Encuentro en Berlín es una novela surge por acumulación. El autor nos explica cómo, durante los cuatro años que duró su redacción, fue aglutinando tramas, personajes y escenarios hasta deparar su compleja estructura. Tres fueron, según él, los leit motivs que lo inspiraron. Pepe Ribas quería, en primer lugar, escribir sobre los cosacos, que lo fascinaban desde que su padre lo llevo de niño a presenciar un espectáculo de danza. El autor también tuvo presente la literatura rusa, en particular la obra Tolstoi, que ha leído en su integridad. Y, por último, también quiso poner de relieve la cultura centroeuropea, la cual, a su juicio, se encuentra desplazada por la anglosajona.

Esta última afirmación no puede parecerme más cierta. ¿Por qué cuando miro mi biblioteca descubro sobre todo literatura hispánica y anglosajona, mientras la francesa, la alemana o la rusa tienen una presencia modesta? ¿Por qué al preguntar al autor sobre las novelas de espionaje, no he hecho sino citar a los británicos Greene y Le Carré? ¿Por qué la mayoría de reseñas de autores extranjeros en los suplementos literarios se refiere a autores anglosajones? ¿A qué se deberá, en definitiva, la preeminencia de lo anglosajón? 

Encuentro en Berlín me ha parecido una magnífica novela y me ha recordado a otra que comenté en este blog: Yo confieso, de Jaume Cabré. Ambas compartes esa presencia constante del mal como eje del relato, y el carácter acumulativo de tramas y personajes a lo largo de diversos lugares y épocas. Comparten también Cabré y Ribas el haber escrito sendas novelas de ideas, que tienen el acierto de centrarse en lo novelesco, sin recaer en la exposición de teorías filosóficas.

Son las siete de la mañana, y mientras corrijo estas líneas me dirijo a mi biblioteca para seleccionar otra novela. Escojo Los cosacos de Tolstoi, en la edición publicada por Atalanta en 2009, y mientras leo la solapa imagino a Pepe Ribas con la camisa a rayas turquesas y los zapatos marrones. De su hombro cuelga una escueta bolsa de viaje. Se encuentra en la sala de espera de algún aeropuerto, dispuesto a vivir para después novelar.



lunes, 10 de junio de 2013

Una novela de Use Lahoz

(Sobre El año en que me enamoré de todas, de Use Lahoz, presentada por Juan Bolea y Ricardo Lladosa en la Feria del Libro de Zaragoza el 6 de junio)



La primera noticia que tuve acerca de Use Lahoz fue la crítica de Ricardo Senabre a Los Baldrich, publicada en enero de 2009. Andaba buscando novelas recientes sobre sagas familiares y, según Senabre, la de Lahoz abarcaba tres cuartos de siglo de una familia de la burguesía catalana. Utilizaba como modelo La ceniza fue árbol, de Ignacio Agustí –cuya Mariona Rebull acababa de leer–, pero introduciendo novedades en cuanto al planteamiento.

Recuerdo que leí la novela aquel verano de 2009, en la terraza de un apartamento de Calafell, y fue para mí un hallazgo. En efecto, me pareció que Use Lahoz revitalizaba ese subgénero decimonónico: las novelas de sagas familiares, y así se lo hice saber en una carta dirigida a la editorial Alfaguara.

Debo confesarlo, pensé que mi misiva sería como un mensaje lanzado al mar en una botella… pero para mi sorpresa, al mes de enviarla recibí un mail de Use en el cual, tras agradecer mis parabienes, escribía: Me alegra saber que vives en Zaragoza, tengo familia allí y grandes amigos. En abril tendré que ir, pues la editorial Prames publica mi nuevo poemario. Así que si te parece bien, cuando vaya te aviso.

La visita de Use a Zaragoza tuvo lugar finalmente el 1 de junio de 2010 (según mi bandeja de entrada). Busqué un sitio próximo a la FNAC -lugar de la presentación-, que tuviera algo que ver con el ambiente de Los Baldrich, y no encontré otro mejor que el Gran Café Zaragoza, ubicado en la calle Alfonso I, en la antigua joyería Aladrén: un local modernista que evocaba el ambiente burgués de la novela.

Aquella tarde hacía calor, recuerdo, y conforme me aproximaba al lugar reconocí al escritor. Sentado a una mesa de la terraza repasaba un cuaderno Moleskine con las notas de lo que debía decir. Al poco de saludarnos me aclaró lo de su familia zaragozana. Él era barcelonés, pero su madre había nacido en un pueblecito de los Monegros llamado La Almolda.

No puede ser... -exclamé-. Mi abuelo había ejercido la medicina en ese pueblo durante más de veinte años, de 1950 a 1970, más o menos. Igual de sorprendido, Use cogió el móvil y llamó de inmediato a su madre. ¡Sí, claro, ella se acordaba perfectamente del médico, de don David! Qué fuerte, qué coincidencia –repetía Use–. Yo evoqué los años cincuenta e imaginé  a mi abuelo mucho de joven, introduciendo una cucharilla de postre en la boca de una niña para comprobar si tenía anginas. La niña era la madre de Use…

A continuación hablamos de nuestras vidas, él me contó que recorría el mundo escribiendo crónicas de viajes para El País, residiendo en los más diversos lugares. Mi vida, en cambio, no podía ser más local: trabajo en Zaragoza, estoy casado, hipotecado y con dos hijos pequeños. Envidié su vida viajera llena de experiencias. Él, en cambio, envidió mi estabilidad. Está pensando, quizá, en comprar un piso, en estabilizarse -me confesó.

Mi siguiente encuentro con el autor fue en febrero de 2011, con motivo de la presentación de su siguiente novela, La estación perdida, a cargo de Manuel Vilas. En esta nueva obra, Use volvía a abordar su tan querido tema de las sagas familiares, pero no desde la perspectiva de la burguesía sino más bien desde la de la clase trabajadora. Se describía profusamente Zaragoza como “la capital”.

Y el asunto de las sagas familiares termina por colarse de nuevo en El año en que me enamoré de todas, la nueva novela de Use que presento junto con Juan Bolea en la Feria del Libro de Zaragoza. En efecto, aunque los temas fundamentales de El año en que me enamoré de todas sean la juventud y la amistad, su autor inserta una novela dentro de la novela titulada Abierto por amor, que es en realidad un manuscrito encontrado por el protagonista, Sylvain Saury, en el ascensor de su casa, y que relata la vida de tres generaciones de una familia de pasteleros: los Fournier… 

Estamos en 2005, Sylvain acaba de llegar a Madrid enviado por un periódico francés para escribir crónicas sobre la vida en la capital. Ha vivido antes en Montevideo, en Roma, en Hamburgo… y llega a Madrid con la esperanza de recuperar, quizá, el amor de Heike, una antigua novia alemana de la cual se enamoró en Florencia y que ahora trabaja como arquitecta. Pero la vida madrileña de Sylvain se llena pronto con un montón de viejos y nuevos amigos: Jacobo, Iria, Néstor, Belén… Madrid es una fiesta para Sylvain, quien escribe sus crónicas “como puede”, desde el café Pepe Botella en la plaza del Dos de Mayo.



Mientras atravesaba las páginas de la novela no podía sentirme más identificado con su protagonista… Me fui de Erasmus a Holanda, al igual que Sylvain se fue a Italia o Use a Portugal. Y al igual que Sylvain y Use trabajaron en Madrid, yo empecé allí mi andadura profesional, y cuando salía del trabajo, al igual que ellos, quedaba con los amigos en el café Barbieri de Lavapies, o en la plaza de Santa Ana, o en el café de Ruiz. Organizaba fiestas en mi piso compartido a las que asistían Rafa, Ana, Pablo, Virginia, Félix…, las cuales acabaron, en alguna ocasión, con la presencia de la policía local.

Hacia la mitad de esta novela intensa que es El año en que me enamoré de todas, Sylvain conversa con uno de sus vecinos, el empresario pastelero Metodio Fournier, de quien admira su estabilidad: él tiene domicilio fijo en Madrid, está casado, tiene una hija… Sylvain, en cambio, siente no tener nada más allá de sus amigos y sus experiencias viajeras. A Metodio le sucede lo contrario: él, aunque esté contento con su trabajo de pastelero, echa de menos una vida aventurera como la de Sylvain. 

En la presentación Juan Bolea advierte que Use ha encontrado ese punto que hace su novelística distinta, ese estilo propio que debe tener todo buen narrador… Y yo coincido con el escritor y periodista aragonés: en efecto, la narrativa que practica hoy Use resulta singular: una narrativa cuasi decimonónica y dickensiana.

Lahoz es torrencial y digresivo, su principal preocupación no es el “gran estilo” ni la “bella frase” sino, más bien, contar historias cargadas de emotividad. Sus novelas abundan en personajes y tramas que se entrecruzan entre sí y recorren distintas épocas vitales. En una sola página puede haber un salto temporal de treinta años para, al cabo de varias páginas, volver al tiempo presente. Utiliza para ello, de forma deliberada, un tono conversacional, que no escatima palabras para dar la impresión de narrar “como se habla”.

En mi opinión, El año en que me enamoré de todas es su mejor novela del autor, la más sintética. En tan sólo trescientas páginas da la impresión de haber hecho un largo viaje, de haber surcado un montón de vidas, con esos caprichos argumentales del novelista que nos llevan de la vida de Sylvain a la de su madre, y de la de ésta a, ¡pongamos por caso!, una amiga suya que hizo un viaje turístico a Méjico y cayó desde lo alto de una pirámide sin perecer en el intento… ¡En fin!, sirva esta boutade como ejemplo de mi argumentación.

La crítica no ha dispensado a esta novela la atención que sin duda merece. Tal vez se deba a que se aleja deliberadamente de la literatura “intelectual”. Si este fuera el caso, debo decir que Lahoz se aleja igualmente de los convencionalismos propios del best-seller. Lo que pretende el autor es ser, como lo fueron Balzac y Dickens, un escritor popular, que pueda ser leído por todos.

Al terminar el acto, en agradecimiento a mi labor presentadora, Juan y Use me invitan a cenar. Compartimos mantel con José Ovejero, Fernando Aramburu, Manuel Vilas, los hermanos José Luis y Ramón Acín. Contamos también con la sabiduría de Rosa Regás, quien nos deleita hablando se Llofriú y de Josep Plá, entre otras charlas literarias.

Y a estas alturas de esta torrencial, de esta larga crónica en la cual he recorrido tantas emociones, tantas épocas, no sé si el lector habrá advertido que mi pretensión no era otra que hacer que la crónica se pareciera a una novela de Use Lahoz.

viernes, 7 de junio de 2013

Don Quijote en la era de Google

(Sobre Restos humanos, de Jordi Soler, presentada por Ricardo Lladosa en la Feria del Libro de Zaragoza el 4 de junio)



Debo agradecer a Eva Cosculluela, de la librería Los Portadores de Sueños, el haberme descubierto a Jordi Soler. Restos humanos es una de las mejores novelas satíricas que he leído en años. No sólo por sus desternillantes páginas, también por su calidad literaria.

Al comienzo de la presentación pregunté al autor cuál había sido la primera idea que lo llevó a escribir la novela. Él no vaciló en responder algo que había imaginado… Se encontraba en El Corte Inglés y, de pronto, amanecía por allí un individuo con barba y largos cabellos, ataviado con túnica blanca y sandalias. Alzaba las manos y comenzaba a predicar una serie de ideas acerca del amor, la bondad, la honestidad, la rectitud… De inmediato era reducido y puesto de patitas en la calle por la seguridad del establecimiento.

Restos humanos es una novela acerca de la imposibilidad de hacer el bien en la era de Google, afirma Soler. Y ese parece ser el problema que padece el Santo, protagonista de la sátira. El Santo es una especie de Jesucristo Superstar, un predicador idéntico al imaginado por Soler que recorre mercadillos y prostíbulos de una innominada ciudad hispánica; predicando el bien y recibiendo a cambio chanzas e insultos, con la excepción de de unos pocos adeptos, como los pescaderos Jesús Andrés y Mayola, quienes le obsequian cada día con medio kilo de  calamares. El Santo trata de convencer a las prostitutas de que se dediquen a otros trabajos, pero ellas le contestan que así se ganan bien la vida, si trabajaran como dependientas cobrarían menos. También trata de mentalizar a los tenderos de que no vendan caros los alimentos: la gente humilde debe alimentarse, afirma, ante la adusta mirada de los tenderos.

El Santo vuelve al apartamento que ocupa –cuyo alquiler costea su hermano, jefe de gabinete del alcalde– y cocina los calamares con el fin de preparar el cuerpo para la predicación. El espíritu lo atemperará con la ayuda de una biblioteca compuesta por libros de yoga, de tarot, de ovnis… Tras leerlos se pone frente al espejo y gesticula con las manos. Está ensayando las prédicas que más tarde expondrá a sus discípulas: Alicia (lechera del mercadillo), y Ricardita (una mujer de 69 años cuyo marido salió hace años a comprar tabaco y nunca volvió).

Un buen día aparece en el templo del Santo un nuevo discípulo, se trata del camionero tuerto Childeberto, quien pide al Santo una obra de caridad: debe guardarle en su congelador un tupperware que contiene un ojo congelado. Deben transplantárselo a él, cuando llegue el momento. El Santo acepta compasivo, pero Childeberto amanece unos días más tarde con un riñón congelado destinado a un amigo suyo. Y así sucesivamente irá atestando el congelador con más y más tupperwares hasta presentarse, un buen día, con otro que contiene un pie femenino.

El Santo sera extravagante, pero cuerdo, y pronto entiende que su amado discípulo está complicado en el tráfico de órganos. Mas, como cuenta el narrador, piensa que sería un fracaso moral denunciarlo. Él predica el bien, y debe hacerle caer en la cuenta de sus errores. Confía en que el mal puede siempre vencerse a fuerza de bien. Pero pronto el mal lo ira cortejando, lo ira envolviendo… a través de su hermano, de Mayola y Jesús Andrés, del alcalde… Y hará su aparición la mafia rusa, la prostitución, los sicarios mejicanos.

Algunos comentaristas al reseñar la novela la han comparado con el esperpento de Valle Inclán. Yo no coincido con estas críticas. En mi opinión, al margen de épocas, escuelas o movimientos, los novelistas satíricos pueden clasificarse en dos grupos. Están, en primer lugar, aquellos que describen a los personajes burlescos desde fuera, autores que tienden a deshumanizar a sus criaturas convirtiéndolas en estampas de indudable valor estético o filosófico, pero de escaso valor narrativo. A este grupo pertenecerían Quevedo, Gracián, Rabelais, Valle Inclán, Francisco Umbral...

En segundo lugar encontramos a los autores que se meten en la psique de los personajes satíricos y tienden a humanizarlos, primando la narración frente a lo estético o filosófico. Tales son los casos, por ejemplo, del autor del Lazarillo, de Cervantes, de Fielding, de Twain, de Eduardo Mendoza...

Después de leer Restos humanos no me cabe duda de que Jordi Soler pertenece a la segunda tradición –mi preferida, debo aclarar–. El autor mejicano asume en esta novela el difícil reto de crear con el Santo a una especie de Don Quijote, porque al igual que el hidalgo manchego salía al campo a deshacer entuertos o socorrer doncellas, nuestro santo varón sale a la calle para rehabilitar prostitutas o promover la caridad entre los tenderos. Y del mismo modo que las caballerías de Don Quijote acaban en varapalos, las predicaciones del Santo terminan al grito pelado de: ¡Farsante!, ¡mariquita!, cuando no lo hacen con mangos maduros arrojados a sus barbas o criadillas de pollo sobre la túnica inmaculada.

La tesis que tú defiendes es la que defendió Tono Masoliver Rodenas en La Vanguardia –afirma Soler–, sin embargo yo no pensé deliberadamente en Cervantes mientras escribía, simplemente supongo que forma parte de nuestra cultura, que siempre está en nuestra mente… 

Otro gran acierto  de la novela es el de interponer entre el lector y el Santo la figura de un periodista-narrador con el encargo inicial de redactar un reportaje sobre el Santo, que más tarde se convertirá, por extensión, en la novela. En un brillante juego metaficcional, el periodista plantea al lector el proceso de construcción de una novela. Al principio va acumulando documentación: ve Simón del Desierto, de Luis Buñuel; Nostalgia, de Andrei Tarkovski; lee a un autor checo; repasa el esperpento de Valle. Y conforme escribe duda: ¿debe alargar su relato y ahondar en la figura del Santo?, ¿debe ceñirse a la realidad?, ¿debe terminar escribiendo una novela?  

Quizá el mayor logro del libro sea la caracterización del Santo. Como buen personaje satírico, se ve enfrentado a un mundo corrupto que supone la antítesis de sus ideas: ¿qué debe hacer?, ¿dejarse llevar por el mal, renunciar a su santidad? La narración va fluyendo, avanzando nuevas sorpresas a cada capítulo en una suerte de descenso a los infiernos. ¿Alcanzará el Santo la redención final...? Lean, por favor, esta novela. 

Son las nueve de la noche pasadas y continúo conversando con Jordi Soler… Los novelistas, en el fondo, somos como el Santo –sentencia el veracruzano–. Hacemos el gran esfuerzo de escribir novelas para plasmar un cierto conocimiento y, una vez escritas, apenas obtenemos beneficio por ello. Y tan amigablemente hablamos que mi colega Rafa Arnal –de la organización de la Feria– debe avisarnos de la salida del AVE de Jordi, que partirá en 25 minutos desde la estación Delicias con dirección a Barcelona. 

Y sucede en cuestión de segundos, como en las prédicas del Santo: la presentación se desmorona, todo se desmantela, salimos del edificio de Capitanía por distintas puertas, hacia el anochecer zaragozano. Y yo sigo pensando en las palabras de Jordi: ¿me pareceré también al Santo por escribir este blog?

martes, 28 de mayo de 2013

Funambulistas de la vida

(Sobre Hijos y padres, de Félix Teira, presentada en Los Portadores de Sueños junto con Abrir la puerta, de Ramón Acín, el 16 de mayo. Ambos autores dialogan acerca de sus obras)




Nada más leer el título del último libro de Félix Teira, me vinieron a la memoria los de dos clásicos de la literatura universal: la novela Padres e hijos, de Turgueniev y el cuento Padres e hijos, de Hemingway. Teira ha invertido el orden de los anteriores y titula su novela: Hijos y padres. En principio esta inversión parece coherente con el hecho de que sean los hijos quienes narran sus vidas en primera persona y quienes relaten, en tercera persona, las de sus padres.  

Pero el predominio de los jóvenes sobre los adultos en Hijos y padres va mucho más allá del título o del punto de vista: es más bien el pálido reflejo de una realidad que, no por poco conocida, deja de resultar esclarecedora cuando quien la describe sabe, no sólo enunciarla, sino mostrarla, como es el caso de Félix Teira.

Hijos y padres es una novela coral en la que cinco adolescentes zaragozanos del barrio de Las Fuentes narran su vida en el instituto, las relaciones con compañeros y padres. Como adivinará el lector de esta entrada, algunos de los temas de la novela son el despertar sexual, el alcohol, las drogas, la crisis de valores… Pero Félix Teira ha tratado de huir de los estereotipos dotando a casi todos sus personajes de alguna peculiaridad ajena a los temas citados: uno anhela ser fotógrafo, otra desea escribir poesía, otro dedicarse al fútbol…

De lo anterior se sigue que no carga el autor contra la jóvenes como tales, sino contra la crisis de valores que anida en ellos. Hijo, Gem, la Sucia, el Roda y la Vero –los cinco protagonistas antes aludidos– tienen en común un cierto narcisismo, que los hace creerse autosuficientes y desdeñar la autoridad paterna, cuando en realidad son meros funámbulos (o funambulistas, al decir de la editorial) que pisan por vez primera la cuerda floja de la vida. Sus padres también fueron funambulistas, pero en medio de la cuerda cayeron sobre la red y ahora los miran desde abajo, incapaces de aconsejarles.

En efecto, a menudo nos encontramos en la novela con padres en el paro, víctimas de la crisis económica. Pero también con padres adúlteros, con padres que se dan al alcohol, con padres que no respetan a sus propios mayores… ¿Cómo quieren influir positivamente en sus hijos?

Con frecuencia da la impresión de que Hijos y padres sea, no sólo una novela coral, sino también una novela circular, en el sentido de que las peripecias de sus protagonistas parecen no tener un principio ni un final, sino girar sobre sí mismas y llevarnos hasta el punto de partida, tanto ético como narrativo. Y al final el autor nos deja con la duda: ¿sabrán los protagonistas encauzar  su talento para la fotografía, para el fútbol, para la informática… en medio del marasmo moral?

Desde el punto de vista lingüístico, al igual que con la trama, Félix Teira ha querido resultar original, cambiando de registro conforme cambia el narrador, en cada una de las partes de la novela. En alguna, en particular en la primera, What a wonderful world, utiliza un lenguaje sincopado, repleto de frases cortas, un lenguaje metafórico que dificulta la lectura; aunque pronto entiende el lector que sirve al propósito de relatar la disfuncionalidad de la familia de Alfonso Arregui. Conforme avanzan las partes, el lenguaje parece ir simplificándose, hasta alcanzar el tono y la sintaxis romántica de la última parte, donde la narradora es Vero y el medio narrativo el diario. En esta parte las frases del autor parecen alargarse.

En definitiva, Félix Teira ha tratado –y en mi opinión ha logrado– escapar de los estereotipos propios de las novelas de adolescentes. Y aunque no esté bien juzgar parcialmente una obra compuesta de partes, debo reconocer que coincido con la opinión de Ramón Acín al respecto. Lo mejor de esta buena novela es su segunda parte: Gemelo, una pequeña obra maestra narrativa de la que no pienso desvelar ni un solo detalle, para que tú, lector o lectora, los descubras por tu cuenta.

viernes, 24 de mayo de 2013

Tempus Fugit

(Sobre Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares, presentada por Ramón Acín en la librería Los Portadores de Sueños el 26 de abril)



Las lágrimas de San Lorenzo es una novela sobre los recuerdos y sobre el paso del tiempo. Bajo esta premisa, uno de los aciertos de Julio Llamazares ha consistido en elegir para su protagonista la profesión de lector de español en universidades extranjeras, porque el carácter errante de este personaje central, que va cerrando etapas vitales sin solución de continuidad, refuerza la idea de transcurso del tiempo.  Claro que para tal finalidad, Llamazares también podría haber elegido a un corresponsal, o al ejecutivo de una multinacional, incluso a un diplomático... ¿Por qué eligió al lector de español?

Es el mismo autor quien nos lo desvela en Los Portadores de Sueños. Al parecer, de joven él estuvo a punto de conseguir una de esas plazas de lector, posibilidad que finalmente se frustró. Sin embargo, siempre ha imaginado qué hubiera sido de su vida en caso de haberla conseguido. Muchas veces las novelas nacen de este tipo de preguntas: ¿Qué hubiera pasado sí…?, ¿cómo hubiera sido mi vida en caso de…?

Pero cuando Ramón Acín o alguien del público tienden a comparar al protagonista con el autor, o al hijo de aquél con el de Llamazares, el novelista es rotundo: el protagonista o su hijo son personajes de ficción, que nadie se confunda, y a continuación esboza una sonrisa de "deicida".

En cualquier caso, lo importante para el tema de la novela es ese carácter errante del lector de español, que parece dividir su vida en capítulos: la infancia y la juventud entre Bilbao e Ibiza; la madurez entre Rumanía, Francia, Suecia, Portugal… Cada uno de esos capítulos vitales se convierte en un compartimente estanco que una vez cerrado pertenece al recuerdo y tiende a acentuar la sensación de fugacidad del tiempo, así como la pérdida de los lugares o de los seres queridos que lo habitaron.

Como eje argumental, la novela narra la noche de San Lorenzo ibicenca en que el protagonista y su hijo Pedro salen a contemplar la lluvia de estrellas; al igual que hiciera aquél con su propio padre. Es importante resaltar que ese hijo es casi fruto del azar, bien podría no existir. Con la madre, llamada Marie, el protagonista mantuvo una relación de tres años, de la cual sólo el niños se libra de convertirse en un mero recuerdo.

Julio Llamazares perfila muy bien en Las lágrimas de San Lorenzo la disyuntiva entre “recuerdos” y “tiempo”. Para el autor, los recuerdos equivalen a la memoria, a esos instantes de la vida grabados en la mente de cada uno y que se extinguirán con nosotros. Frente al carácter finito de los recuerdos, el tiempo representa lo infinito, las vidas que se van sucediendo más allá de nuestra memoria: Cual la generación de las hojas, así la de los hombres, según rezan los versos de Homero citados por Llamazares. O también los versos de Catulo: Los soles pueden ponerse y salir de nuevo. / Pero para nosotros, cuando esta breve luz se ponga, / no habrá más que una noche eterna / que debe ser dormida… Con la pregunta que cierra la novela, el autor parece enunciar una suerte de espiritualidad laica: ¿Será Dios el tiempo?, se cuestiona.

Al término de la presentación la gente agolpada en la librería y en la minúscula acera de la calle Blancas, se arremolina en torno al autor. Muchos llevamos en las manos, no sólo Las lágrimas de San Lorenzo, sino también algún que otro ejemplar amarillento de sus anteriores novelas. No en vano, el autor es muy querido en Aragón desde que escribiera La lluvia amarilla ambientada en un pueblo desaparecido de Huesca. Pero no es este el único motivo, a mi juicio, de la popularidad de Llamazares. Otro quizá sea el lenguaje empleado en sus novelas, un lenguaje cuidado al extremo pero sencillo al mismo tiempo, ideado para ser entendido casi por cualquier lector

Yo he traído una Lluvia amarilla de los ochenta y, de pronto, oigo a una señora detrás de mí quejarse al marido: ¡Hay que ver, vienen de casa con toda la estantería! La señora es bajita, viste abrigo de paño y aferra con ambas manos un bolsito sin asas Cuando el autor finalmente me dedica sus libros, compruebo con estupor como la señora airada se torna en señora sonriente y saca del bolso una Luna de lobos amarillenta…

¿Por qué he titulado este artículo, Tempus Fugit? La novela de Llamazares me ha recordado a mis abuelos. Al igual que muchos otros abuelos, supongo, ellos tenían un reloj de pared de la marca Tempus Fugit, la cual aparecía grabada sobre una chapa metálica. Durante mi adolescencia, el tic tac de aquel reloj me resultaba tan solemne como molesto. No había ni una sola habitación de la casa en la que no se escuchara. Había estado allí, en medio del comedor, desde que yo era niño. Hace ya siete años que mis abuelos fallecieron, pero el molesto, el solemne tic tac sigue sonando. 






jueves, 23 de mayo de 2013

Vida de Pablo

(Sobre La hora violeta, de Sergio del Molino, debatida en la FNAC plaza de España el 25 de abril. Iguazel Elhombre actuando como moderadora)



Recién salido, como quien dice, de la presentación de Intemperie,  veintitrés horas y media más tarde, me incorporo al coloquio que se celebra en la FNAC sobre La hora violeta, de Sergio del Molino. He terminado de leer la novela esta misma mañana y adelanto mis conclusiones: considero que Sergio del Molino ha conseguido un libro intenso, genuinamente literario.

A priori, cuando supe del tema: la enfermedad y la desaparición de su hijo de tan sólo dos años víctima de leucemia, me pareció que la mayor dificultad de la novela estribaba en que la faceta literaria no quedara soslayada por el dramatismo del tema, y por la relación íntima del autor con el drama vivido, lo cual hubiera convertido el libro en testimonio, o en manual de ayuda para padres en un trance similar.

Pues bien, como afirmo al principio, creo que Del Molino ha salido airoso de esta dificultad y el valor novelesco de La hora violeta queda fuera de duda. ¿Cómo lo ha logrado? A mi juicio –y al suyo propio–, adoptando la conveniente distancia respecto de los hechos narrados. Tal como advierte Iguazel Elhombre, el autor apenas inserta en la novela relaciones personales en forma de diálogos con familiares, amigos, personal hospitalario, padres de otros niños enfermos… En cambio sí incluye todo tipo de reflexiones literarias, relatos conexos, anécdotas reveladoras... Todo ello se entrevera con los penosos tratamientos que sufre Pablo, y tiende a equilibrar el patetismo de la enfermedad con la pasión literaria y la voluntad de novelar.

La prosa es de gran calidad literaria. Alterna periodos cortos y largos, varía la sintaxis de las frases evitando la monotonía, domina el ritmo y es capaz de transmitir una amplia gama de sensaciones. Y eso, lo repito, es “literatura” y no sólo testimonio o duelo.

De pronto, hacia el final del coloquio, interviene una señora y pregunta algo que tal vez muchos lectores del libro quieran saber y no se atrevan a preguntar. Siempre suele haber alguien que pone el dedo en la llaga. La lectora quiere saber por qué Del Molino ha omitido los últimos días de Pablo, esos que comienzan cuando los médicos les dicen a él y a su mujer: "Miren, no podemos hacer nada más, disfruten de su hijo cuanto les sea posible".

Debo confesar que a mí me ocurrió como a la señora entrometida. Al llegar a la última parte de la novela, aquella que se titula precisamente La hora violeta, me pregunté por qué el autor dejaba de narrar los últimos días y se centraba en comentar Mortal y rosa de Umbral; o se explayaba sobre un pediatra norteamericano; o cambiaba las bombillas fundidas de su casa… El título de la novela alude a una bella cita de T.S. Elliot: En la hora violeta, (…) cuando el motor humano espera como un taxi parado en marcha. Y la hora violeta de Sergio del Molino son justo esos últimos días de espera…

Responde el novelista que no los relató por pudor, tras asesorarse convenientemente. Contar
los últimos días de Pablo hubiera resultado casi pornográfico, afirma. Y ni Iguazel ni ninguno de los presentes respondemos nada. Yo debo confesar mis dudas en el plano literario, no sé si coincido con la visión del autor. ¿Cuáles son los límites entre literatura y vida cuando uno ha optado precisamente por contar su propia vida? ¿Qué hubiera sido del relato si su autor no hubiera omitido semejantes detalles?

Baste decir que Del Molino ha conseguido su objetivo: inmortalizar a Pablo por medio de la literatura. Por eso he querido titular este artículo como lo he hecho, con la palabra “vida” y no con todo lo contrario.  Y al terminar de redactarlo, no puedo evitar sobrecogerme leyendo la dedicatoria que me escribió el autor: Para Ricardo, con el deseo de que nunca nunca se acerque a una hora violeta que no sea la de estas páginas…