viernes, 25 de julio de 2014

El lenguaje de los espías

(Sobre Puente de Vauxhall, de Javier Sebastián, presentada por María Ángeles Naval en la librería Cálamo el 14 de marzo de 2014)

A más de un lector dejará perplejo la lectura de Puente de Vauxhall, la última novela de Javier Sebastián editada por Destino. Se trata, en efecto, de una historia de espías basada en la extrañas circunstancia que rodearon la muerte de Diana de Gales y de su amante, Dodi Al Fayed. Pero quien busque en ella una novela de intriga convencional quedara, repito, perplejo, porque su autor ha asumido el reto de escribirla de un modo original, primando la forma literaria sobre el contenido o fondo.

Desde la primera página del libro nos encontramos con un elenco de personajes protagonistas del drama: la princesa Diana, la reina Isabel y el duque de Edimburgo, los príncipes Guillermo y Enrique, los agentes secretos del MI6, y otros personajes de los que apenas sabemos nada y que sin embargo pululan por el relato entrando y saliendo de él según los dictados del autor. Entre todos ellos destacan la narradora y también una monja polaca: la hermana Loretta María Semposki, la cual fue confidente de la princesa Diana en sus peores momentos.

Todos estos seres reales o de ficción aparecen en retazos de escenas, en conversaciones que se entrecortan sin dejarnos comprender totalmente su sentido. La intención de Sebastián mediante este procedimiento no parece otra que reflejar de un modo formal y literario el mundo de los espías. Tal como afirma cierto personaje de la obra: por su propia seguridad un espía no puede saber de todo, debe tener una información necesariamente parcial de la realidad. Y esa sensación de desconocimiento, de incertidumbre, de parcialidad en definitiva, es la que pretende transmitirnos la prosa de Javier Sebastián.

Puente de Vauxhall (enclave que alude a las oficinas centrales del MI6) se convierte en una novela impresionista, cuyas escenas, sólo contempladas en conjunto cobran todo su sentido y transmiten el mensaje del autor: la inconsistencia de la realidad, nuestra incapacidad para conocerla totalmente y la voluntad de otros de ocultarla y tergiversarla en función de sus intereses.

¿Debe primar la forma sobre el relato realista? ¿Hubiera sido mejor escribir una novela de espias ateniéndose a una técnica narrativa convencional? Como reseñista siempre procuro no opinar, es preferible que sea cada lector quien lo haga.




martes, 22 de julio de 2014

Literatura del yo, literatura del nosotros

(Sobre Autopsia, de Miguel Serrano Larraz, presentada por Jesús Jiménez Domínguez y Jesús García Caballero en la Fnac de Zaragoza el 27 de diciembre de 2013)


Afirmaba Jonathan Franzen con motivo de la publicación de “Libertad” que el lector de una novela no lee para saber sobre su autor, sino para saber acerca de sí mismo. Esta máxima, que considero cierta, podría suponer un obstáculo para un género tan en boga como la autoficción, donde el novelista se recrea a sí mismo, recrea su propia vida de un modo más o menos verídico.

Sería un problema si no fuera porque la autoficción, o “literatura del yo” es también “literatura del nosotros”, en la medida que el autor es capaz de transmitir sus experiencias personales de modo que la mímesis con la propia vida del lector funcione. Así sucede en novelas recientes tan relevantes como “Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Torrente o “La hora violeta”, de Sergio del Molino. En ambas, la implicación vital del autor contribuye a hacer más intenso el relato.

Esa misma mímesis con la experiencia vital del lector es justo lo que pretende Miguel Serrano al contarnos su propia juventud zaragozana: los años decisivos de la veintena que median entre la adolescencia y la madurez. Corren la decáda de los noventa y nuestro protagonista, Miguel Serrano, trabaja en los Almacenes de la Modernidad (un trasunto jocoso de la Fnac), al mismo tiempo que descubre su vocación literaria y comienza a presentarse a sus primeros certámenes de poesía, como el Concurso Internacional de Poesía Villa de Aranda. En este nombre, real o inventado, también se adivina la parodia del autor, que ironiza de este modo con el narcisismo propio de los escritores.

Además de su trabajo en los Almacenes de la Modernidad, y de sus pruritos poéticos, el joven Miguel Serrano llena su vida con amigos que tienen nombres tan simbólicos y metaliterarios como Hans Castorp o con el Mensajero; y también con diversas compañeras de instituto: Sara, Beatriz… con quien mantiene relaciones, pero que no acaban de entender sus obras literarias.

Autopsia oscila asíentre la lírica y la narrativa. Algunas páginas son verdaderos poemas en prosa en las cuales Serrano exhibe su dominio de la lengua literaria; otras relatan y dan cuenta de sus experiencias juveniles en un mundo que se revela agresivo y absurdo: en la televisión ponen "Crónicas marcianas", de Javier Sarda. En la realidad el protagonista y sus amigos sufren el acoso de los skinheads, esos jóvenes violentos sin motivo alguno, que desean limpiar la ciudad a base de eliminar a quienes les molestan.
  
A lo largo de las páginas de la novela el autor da cuenta de ese mundo hostil a la mente creativa, que sin embargo pugna por salir adelante en medio de la agresividad. En este sentido resulta de lo más alusiva la portada del libro, diseño de la editorial Candaya, donde se observa a tres niños con máscaras antigás. Al igual que Miguel, esos niños desean defenderse de un mundo que los envenena.

En resumen, lo que puedo decir acerca de “Autopsia”, como joven que yo mismo fui de finales de los noventa, es que me he visto reflejado en ese personaje llamado Miguel Serrano Larraz. Muchas de sus vacilaciones y de sus dudas eran las mías; de modo que puedo afirmar que esta novela no sólo es “literatura del yo”, sino también “literatura del nosotros”. 


miércoles, 30 de abril de 2014

Marea negra

(Sobre Herejía, de David Lozano, presentada por Domingo Buesa y Humberto Vadillo en el Museo Diocesano de Zaragoza el 13 de noviembre de 2013)


No recuerdo cómo ni cuándo conocí a David Lozano, sin embargo todavía me veo bajando con él por el bulevar de Fernando el Católico. Era una tarde de finales de primavera, a mediados de los 90. Ya se avecinaban los exámenes de junio y los altos plátanos del paseo proyectaban su sombra gris sobre el pavimento. Venía con nosotros Víctor Solano y recuerdo que paramos en un colmado hoy desaparecido, junto al Bingo Gran Vía, donde despachaban todo tipo de palmeras y bollos. Por aquel entonces todavía no salía con Marta Oliván, mi mujer, quien casualmente resultó ser amiga de David y de Víctor.

Antes o después de aquella tarde Lozano me prestó su primera novela. Se trataba de un libro de tapas duras color burdeos. En la portada tan sólo unas letras impresas en dorado: Marea negra, David Lozano Garbala. La siguiente imagen que viene a mi memoria es la mía propia  leyendo Marea negra en la consulta de mi abuelo: una habitación atestada de muebles antiguos y utensilios médicos. Era ya verano y el calor me hacía sudar mientras pasaba las páginas de la novela, ambientada en Guinea Ecuatorial. 

Tal vez lo que acabo de contar no sucediera según lo recuerdo, porque como escribe Daniel Gascón en su última obra, Entresuelo: todos nuestros recuerdos son inventados. Lo que sí sucedió años más tarde fue que Mira Editores publicó Marea negra bajo el título de La senda del ébano. Después vendría Donde surgen las sombras, galardonada con el premio Gran Angular y de la cual se han vendido 122.000 ejemplares. A continuación la trilogía La puerta oscura, que próximamente será llevada al cine por Andrés Vicente Gómez. Todo esta trayectoria ha convertido a David Lozano en exitoso autor de novela juvenil leído en multitud de colegios.  

La presentación de Herejía tuvo lugar en el Museo Diocesano, antaño Palacio Arzobispal. Según cuentan los cronistas, Fernando el Católico solía alojarse allí cuando visitaba Zaragoza. Durante las estancias reales, el tribunal inquisitorial, cuya sede habitual era La Aljafería, se trasladaba en ocasiones al Palacio Arzobispal, con el fin de realzar al poder del rey -hecho que nos narra el catedrático Domingo Buesa.

Podría afirmarse que Herejía es una novela de capa y espada en la cual el noble aragonés Luis de Ortuña, trata de salvar a su padre de las garras de la Inquisición, a través de una serie de tretas, escaramuzas y lances amorosos. La novela cuenta con el aliciente de recorrer los lugares de la Zaragoza bajomedieval, sobre la que el autor se ha documentado de maravilla gracias –reconoce– a una vecina historiadora, con la cual sin embargo tuvo alguna discrepancia. Por ejemplo: un personaje mira a través del cristal de la ventana, y su documentadora le informa que en la Edad Media las ventanas carecían de cristales. 

Anécdotas aparte, Herejía revela la maestría alcanzada por David Lozano en el género de la novela juvenil. El autor maneja con soltura las tramas novelescas, dosificando la información y avanzando el relato sin apenas respiro en las peripecias de los personajes. Respecto de éstos habrá quién achaque al autor un cierto maniqueísmo de buenos y malos. La explicación, a mi modo de ver, debe buscarse en el género de la novela juvenil: conviene, sin duda, enseñar a nuestros jóvenes a discernir entre el bien y el mal.

Herejía introduce también la figura del familiar de la Inquisición. Según explica el autor los familiares de la Inquisición eran un órgano compuesto por seglares. Su función era básicamente la delación de posibles herejes. Para ello gozaban del privilegio de no poder ser acusados por aquellos a quienes imputaban delitos. También podían llevar armas, y hasta se beneficiaban económicamente de su labor. Ser familiar del Santo Oficio era, en definitiva, un honor, ya que suponía un reconocimiento público de limpieza de sangre, y al mismo tiempo era un modo subrepticio de ejercer el poder. ¿Cuántas veces ocurriría que un familiar acusara en falso a un vecino sólo para perjudicarle? Lo más temible de todos los regímenes totalitarios –y el de Fernando el Católico lo fue– no son los sátrapas que los dirigen, ni tampoco sus acólitos en el poder, sino más bien aquellas capas anónimas de la sociedad que los sustentan y reciben a cambio pequeñas prebendas. Esta reflexión me trae a la memoria la magnífica película El crisol, basada en la obra teatral de Arthur Miller, Las brujas de Salem, que recomiendo encarecidamente a todos los lectores de este blog.

¿Qué más puedo escribir sobre Herejía, aparte de recomendar su lectura a todos los jóvenes? Debería de mostrar alguna discrepancia, tal vez, para no resultar empalagoso en mis alabanzas. Puesto a ello diré que, a mi modo de ver, la retórica de David Lozano lo emparenta en exceso con Dumas, cuando yo preferiría que siguiera a Stevenson... Pero esta crítica se la explicaré al propio autor mientras tomamos sendos güisquis en una boda que ambos compartiremos próximamente. 

¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquella lejana tarde primaveral en que caminábamos bajo los plátanos de Fernando el Católico! 



viernes, 14 de febrero de 2014

Una sociedad culta, cosmopolita y libre de prejuicios

(Sobre Librerías, de Jorge Carrión, presentada por Antón Castro en la librería Cálamo el 7 de noviembre de 2013)


La eclosión actual de teléfonos inteligentes y redes sociales ha publificado nuestra propia imagen. No tenemos más que acceder a internet y las instantáneas de quienquiera que busquemos se muestran ante nuestros ojos. Hace pocos años, en cambio, no era así. Uno leía un texto y todavía trataba de imaginar el rostro de su autor antes de entrar en Google imágenes y teclear su nombre.

Hace pocos años, cuando me convertí en lector asiduo de los artículos de Jorge Carrión en ABC, La Vanguardia, El País, Quimera... la lucidez de su autor me indujo a imaginarle como una especie de catedrático canoso y con gafas, alguien parecido a José Carlos Mainer, o a su admirado Juan Goytisolo.

Esa misma lucidez de los artículos es la que ahora destilan las páginas de su última obra, Librerías, con la cual quedó finalista del Premio Anagrama de Ensayo. Si alguien me preguntara por el género de Librerías no sabría qué decirle. Se trata de una obra ensayística, obviamente. Pero también contiene un libro de viajes, una novela de no ficción  e incluso un tratado literario.

Carrión nos cuenta su periplo por distintas librería de todo el mundo, desde Londres y París hasta Tánger, Buenos Aires, la India, San Francisco o Johannesburgo. El suyo es un relato en primera persona que se va entreverando con el relato de las vidas de los libreros y escritores que pasaron por allí, de forma que la narración se enriquece con citas de autores y con historia de la literatura. La peculiaridad de Librerías reside en la brevedad de todos estos fragmentos, que se suceden ante los ojos lectores con la naturalidad de los planos de una película. Y la amenidad de la película es tal que uno apenas se da cuenta de que ha concluido un capítulo y, de pronto, pasa a otro continente, o a otro universo literario sin solución de continuidad.

El empeño de la obra era arriesgado. Su autor corría el riesgo de caer en la enumeración repetitiva de locales, pese al exotismo e interés de todos ellos. Pero la inteligente yuxtaposición de fragmentos: relato, ensayo, cita, tratado literario… evita toda monotonía. Y lo repito de nuevo: la obra se lee sin darse uno cuenta, como si en vez de un ensayo se tratara de una novela. El mensaje que parece transmitirnos Jorge Carrión es que en torno a las librerías del mundo se aglutina una especie de sociedad intelectual: la de los libreros y sus clientes. Una sociedad culta, cosmopolita y libre de prejuicios.







lunes, 9 de diciembre de 2013

Zaragoza, comedia humana

(Sobre Pálido monstruo, de Juan Bolea, editada por Espasa)



Todavía recuerdo cuando, hará un año, hojeé Pálido monstruo en la FNAC de Plaza de España. Abrí el libro por la primera página y una de sus primeras frases llamó mi atención. Decía así: Fidel María Paternoy, el abogado penalista que treinta años atrás había sido alcalde de Zaragoza, vio a Ramiro, el ciego de El Tubo, y se dirigió hacia él para comprarle un cupón (…)

Palido monstruo cuenta la historia de un crimen, el de la abogada Eloisa Ángel, autentica femme fatale que forma un triángulo amoroso con el periodista Luis Murillo y con el también abogado David Sánchez, en el marco de las elecciones locales de 2011. 

¿Qué hacía ahí esa oración subordinada: que (...) había sido alcalde de Zaragoza, en medio de una frase principal que contenía una información más vanal? Ya no volvería a abrir el libro hasta un año más tarde, cuando Félix González, de Los Portadores de Sueños, la puso finalmente en mis manos. Había concluido la presentación de La mala luz, de Carlos Castán –curiosamente, otra novela ambientada en Zaragoza– y cumplí con el ritual de dirigirse al bar Circo a tomar el consabido pincho de tortilla, mientras la bolsa rojinegra de la librería descansaba sobre la barra de zinc reluciente.




Que treinta años atrás había sido alcalde de Zaragoza… Al fin, hace tres madrugadas, volví a leer la frase. Había entresacado el libro de mi estantería, con ganas de leer por primera vez a Juan Bolea, y comprobé que la susodicha subordinada formaba parte de un procedimiento narrativo que había de repetirse a lo largo de la obra.  Porque, si bien Pálido monstruo es una novela negra, el autor se encarga de entreverar detalles sobre lugares, sobre personajes secundarios o sobre hechos en apariencia nimios que contribuyen a retratar la ciudad. Suelen aparecer a modo de breve frases, o de escuetos párrafos que se acumulan hasta abonar la tesis de que existe un novela dentro de la novela, o –como diría Bolea–, un segundo nivel de lectura en el cual, Zaragoza, la propia urbe, sería la verdadera protagonista coral del relato. 

Según esta tesis los personajes y lugares serían como las teselas de un mosaico que representaría a la ciudad. ¿Y qué clase de dibujo forman esas teselas? No otro que el de la ambición. Los protagonistas de Bolea son eminentemente balzaquianos. Partiendo del alcalde Paternoy –un trasunto, muy libre, de Ramón Sáinz de Varanda–, y continuando con el periodista Luis Murillo o con los abogados Eloisa Ángel y David Sánchez. Todos ellos buscan el éxito, el renombre local. Y a cada embate de ambición, todo parece enturbiarse a pesar del brillo aparente, como los cielos nublados de la portada.

Aunque el escritor zaragozano no descuide en ningún momento el argumento criminal, resulta evidente ese gusto por recrearse en los personajes y en la ciudad más allá de la trama detectivesca. Prueba de ello es la aparición del asesinato en la página 140. Lo habitual en una novela negra al uso hubiera sido que sucediera en el primer tercio, antes de la página 70, y sin embargo Bolea se demora a propósito por el gusto de mostrarnos esas estampas de la vida zaragozana.

Pálido monstruo me ha parecido, en efecto, una novela de costumbres, que se asienta en esa descripción de tipos y de lugares, pero también en la política-ficción y el periodismo. Bolea no duda en citar expresamente al PSOE y al PP, o en hablar de El Periódico y de “El Comercial” –en alusión jocosa a Heraldo de Aragón–. Destaca, en este sentido, el personaje de Nipho, el murmurador, un Larra actual que va tomando el pulso a la realidad, como si se tratara del eco de la opinión pública. Para Nipho, al igual que para el ciudadano medio, la política no es más que un juego, una especie de duelo futbolístico para contemplar desde la grada.

Me ha parecido un acierto fusionar la narración tradicional, en primera o en tercera persona, con el artículo periodístico, el atestado policial o el informe forense. Esta mezcolanza de géneros ya la practicaba Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta y aquí contribuye a enriquecer, a dar variedad a un género tan abundado como la novela negra.

Recapitulando: Pálido monstruo es una novela policiaca, sí, pero sobre todo es una novela de costumbres, hija de la crisis económica y política que nos asola. A muchos sorprenderá su intempestivo final, habrá quien lo juzgue inverosímil. A mí, en cambio, me ha parecido brillante, porque más que la verosimilitud argumental, me da la impresión de que el autor busca una moraleja a la fábula que ha puesto en marcha. Así lo pienso mientras vuelvo a meter la novela en el hueco que dejé tres noches antes, entre Pálido fuego, de Nabokov y Paradiso, de Lezama Lima. Y en el silencio de la madrugada me da la impresión de oír la voz de Juan Bolea susurrarme al oído: Ten cuidado, amigo, porque en toda esta comedia humana, la realidad anida bajo las apariencias...  





jueves, 10 de octubre de 2013

La novelista intérprete / The actress novelist

(Sobre Del color de la leche, de Nell Leyshon, presentada por Miguel Serrano en la librería Cálamo el 26 de septiembre de 2013. Con la presencia de Raquel Vicedo, editora de Sexto Piso) 


La voz de Nell Leyshon resuena entre los estantes de la librería Cálamo: 

este es mi libro y lo estoy escribiendo con mi propia mano. 
en este año del señor de mil ochocientos treinta y uno he llegado a la edad de quince años y estoy sentada al lado de la ventana y los pájaros llenan el cielo con sus gritos. veo los árboles y veo las hojas. 
y cada hoja tiene venas que la recorren.
y la corteza de cada árbol tiene grietas.
no soy muy alta y mi pelo es del color de la leche (…)

Quien habla es Mary, una adolescente coja y albina que vive en la Inglaterra victoriana, en esa misma Inglaterra de las novelas de Jane Austen o de las hermanas Brontë. Mary narra su propia historia y la voz de Nell Leyshon semeja un eco que nos transporta a otra época. Me pregunto cómo sonará la voz de Mary en castellano, -afirma la autora-. No en vano, Leyshon es una mujer del teatro, ha escrito dramas galardonados con diversos premios en el Reino Unido, y sus obras han sido representadas en el Shakespeare Globe Theatre.  

El padre de Mary maldice a sus cuatro hijas por no haber engendrado un varón que lo ayude en las tareas del campo, mientras las cuatro chicas desempeñan los más arduos trabajos: sacar pedruscos de la tierra, cuidar del ganado, hacer las tareas domésticas… No se permiten ni un respiro en sus quehaceres diarios y viven en el presente porque, como explica Leyshon, los analfabetos, al no leer, no suelen evocar el pasado ni sondear el futuro, sino que se aferran a lo inmediato, a lo puramente narrativo sin apenas describir lo que les rodea.


Un buen día la vida de Mary da un giro inesperado, es enviada a servir en la mansión del vicario, cuya esposa enferma necesita compañía. Saldrá de la casa paterna y se adentrará en un universo desconocido en el cual aprenderá a leer. Miguel Serrano apunta que las frases de Mary se parecen a versículos, por su laconismo y brevedad. De hecho, el libro con el cual el vicario le enseñará a leer no es otro que la Biblia. 

Aparte de ese indudable carácter versicular, en las frases de la narradora abundan los versos auxiliares; las estructuras simples de sujeto, verbo y predicado; así como una ortografía peculiar en la cual no se utilizan las mayúsculas y se sustituyen numerosas comas por puntos y seguido. Estos recursos lingüísticos contribuyen a caracterizar la escritura y el habla de alguien que ha conocido el lenguaje de un modo pobre y tardío. Leyshon nos cuenta que para preparar la novela leyó poemas escritos por esclavos afroamericanos de finales del XIX, que aprendían a leer de forma tardía y que, sin embargo, poseían una de gran belleza lírica.

Y llegado a este punto, después de acumular detalles acerca de la novela y de su protagonista, me permito concluir que la novelista y dramaturga Nell Leyshon ha “actuado” a su personaje, ha creado un retrato tan vívido que casi parece que podamos tocar a Mary, oír su voz como si se tratara de un eco del pasado reverberando entre los estantes de la librería Cálamo.

Tengo el mismo defecto que Mary –afirma Nell Leyshon–, siempre digo lo que pienso… Sirva esta frase como introducción a una novela femenina y feminista. Una magnífica lectura para el otoño que comienza. Y nada más me queda por añadir, tan sólo agradecer a mi compañero de presentaciones, Félix Santander, las fotografías de esta crónica.




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(About Nell Leyshon The color of the milk, introduced by Miguel Serrano at Cálamo bookshop, Zaragoza, Spain, the 26th september 2013. With the presence of Raquel Vicedo, spanish editor of Sexto Piso)


Nell Leyshon´s voice sounds among the shelves of Cálamo bookshop:

this is my book and I am writing it with my own hand. 
in this year of lord of eighting thirty one I have reach the age of fifteen years and I am sitting beside the window anf the birds fil the sky with their shouts. I see the trees and I see the leaves. 
and each leaf has veins going over.
and the bark of each tree has cracks.
I am not very tall and my hair is of milk´s color (…)

Who talks is Mary, a lame albino teenager who lives in the victorian England, that same England of Jane Austen or Brontë sisters novels. Mary tells her own story and Nell Leyshon´s voice seems an echo that takes us to another age. I wander how Mary´s voice sounds in spanish -says the author-. Not for nothing, Leyshon is a theatre woman, she has written plays awarded with several prizes in the United Kingdom, and her dramatic pieces has been represented at the Shakespeare Globe Theatre.

Mary´s father courses her four daughters because he hasn´t give birth to a boy, so as to help him with the land, while the four girls carry out the harshest jobs: taking out stones from the land, looking after the cattle, making domestic works… They don´t have a moment of rest and live the present, because as Leyshon explains, the illiterates, cause they can not read, don´t think about past or future, but cling to the present, to tell want happens, without descriptions of what surrounds them.

A day like others, Mary´s life changes dramaticly, she is sent to serve at the vicar´s mansion, her wife is ill an needs company. So Mary will leave her parents and enter an unknown universe in which she will learn how to read and write. Miguel Serrano points out that Mary´s sentences seem yo be verses, for its laconic style and brevity. As a matter of fact, the book with which the vicar shows her how to is the Bible.



Apart of this evident verses similarity, in the narrator phrases abound the common verbs; the simple structures of subject, verb and predicate; so as a peculiar ortography in which capital letters are not used, and many commas are changed for full stops. These linguistic means contribute to define the writing and speaking  of someone who has known the language in a poor and late way. Leyshon tell us that to prepare the novel she read poems written by african american slaves from the end of XIX century. They also learnt how to read in a late way, however the poems had a strange lyric beauty.

At this point, after gathering details concerning to the novel and her protagonist, I daresay that the novelist and playwright Nell Leyshon has “acted” her character, she has created a so vivid portrait of Mary that it seems we can touch her, listen to her voice as if she was an echo reverberating among the shelves of Cálamo bookshop.

I have the same defect as Mary –states Nell Leyshon–, I always say what I think… Let´s make use of this statement to introduce this feminine and feminist novel. An excellent read for the starting autumm. And nothing more I have to say, just thank my companion of presentations, Félix Santander, for the pictures of this report.

jueves, 5 de septiembre de 2013

La mujer como juguete roto

(Sobre Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz, presentada en la librería Cálamo por el escritor Luisgé Martín el 19 de septiembre de 2013)


Daniela Astor y la caja negra encierra, en realidad, dos novelas. La primera se desarrolla en plena Transición y narra la adolescencia de Catalina y Angélica, dos amigas que fantasean ser Daniela Astor y Gloria Adriano, mujeres ricas, sensuales y sofisticadas, adoradas por los hombres, a imagen de las divas del destape. Esta primera novela, que bien podría titularse "Daniela Astor" a secas, es intimista y está escrita en tono conversacional, con un lenguaje sencillo y emotivo que combina la comedia y el drama.

La segunda novela adquiere la apariencia de guión para un documental, escrito por la propia Catalina ya adulta, y titulado “La caja negra”. En él se da cuenta, a modo de capítulos, de la vida de diversas estrellas del destape: las primas Estrada, María José Cantudo, Bárbara Rey… Así como de diversas películas, e incluso géneros cinematográficos: No desearas al vecino del quinto, La muchacha de las bragas de oro… “La caja negra” también está escrita en un lenguaje sencillo y directo, pero la emotividad de "Daniela Astor" se convierte en causticidad, y la comedia ya no combina con el drama, sino con el terror moral derivado de la decadencia que sufrieron todas aquellas mujeres, algunas muertas en trágicas circunstancias (Amparo Muñoz, Sandra Mozarowsky…) Parece evidente que el sentido del título, "La caja negra" alude al descubrimiento de la verdad, de lo que realmente sucedió.

No cabe duda que abordar hoy en día el tema del destape corría el riesgo de resultar anacrónico. De ahí la audacia y el acierto literario de Marta Sanz, que ha sabido dotar de actualidad a toda esa cultura ya caduca de los años 70, mediante el análisis de su contenido esencial, que no es otro que una crítica al machismo subyacente. En efecto, todas aquellas mujeres: la Cantudo, la Rey, las Estrada que antaño fueron admiradas, hoy pululan por programas televisivos como Sálvame exhibiendo sus arrugas, o bien han sido olvidadas por completo.

Es en este punto, en el del sentido profundo del relato, es donde la novela "La caja negra" entronca y muestra su coherencia con la novela de "Daniela Astor", donde las dos amigas dejarán progresivamente de ser Daniela Astor y Gloria Adriano para convertirse en quienes son en realidad: Catalina Hernández y Angélica Bagur. Y esta transformación se produce porque su propia vida las hace descender al mundo real. Pero en concreto será el aborto (no desvelo de quién), el detonante de ese descenso a una realidad bastarda, que preconizaba en lo público la libertad sexual y la emancipación de la mujer para más tarde criminalizarla.

El mensaje que transmiten “Daniela Astor” y “La caja negra” es en este sentido paralelo: el de la mujer como un juguete roto, un bonito juguete manoseado por todos que acaba repleto de rayas y abolladuras.

Ya perdonará el lector de este artículo mis excesos metafóricos, pero es que, como ocurre a menudo con las grandes obras literarias, resulta mucho más difícil explicarlas que leerlas. A la vista de las críticas, no creo ser original al afirmar que ésta es una gran novela, que merece ser leída. En mi opinión la calidad literaria de Marta Sanz está a la altura de su colega de Anagrama, Rafael Chirbes: ambos enfrentan de lleno la cultura española, sin el temor de tantos escritores a ser considerados “costumbristas”.