martes, 14 de octubre de 2014

El pueblo sumergido

(Sobre La línea invisible del horizonte, de Joaquín Berges, presentada en el teatro Principal el 7 de abril de 2014. Acto organizado por la librería Los Portadores de Sueños)


Desde que Joaquín Berges comenzara a publicar en 2009, su nombre se ha ido asociando progresivamente con la comedia, el chiste o la sátira. Esta asociación quizá sirva al marketing editorial, pero desvía la atención, en mi opinión, de una lectura más profunda que sin duda merece el autor.

Comenzaré por apuntar que no todas las novelas de Berges son cómicas. Lo son sin duda Vive como puedas y Un estado del malestar; El club de los estrellados, en cambio, tiende más al drama. Y la comedia queda descartada por completo de la obra que hoy me ocupa: La línea invisible del horizonte, un historia melodramática y otoñal.

Todas las novelas de Berges cuentan con un protagonista de mediana edad que se encuentra en plena crisis vital. La vida laboral o sentimental lo atenaza y el motor de su existencia es el anhelo de cambio. En ese proceso de metamorfosis, de una vida que no le gusta a otra en la cual aspira a la felicidad, al héroe bergiano le ocurren toda suerte de peripecias, patéticas o cómicas, que contribuyen a su catarsis definitiva.

El protagonista de “La línea invisible del horizonte” es Javier, neurólogo zaragozano cuya mujer acaba de morir de un ictus (nótese aquí la mano del autor: se trata de una enfermedad cuya prevención y cura corresponde a los neurólogos). La muerte de Laura sume a Javier en una especie de abulia que lo lleva a coger el coche y salir de Zaragoza sin rumbo, con destino a un valle perdido del Pirineo. En el trayecto atropella a un jabalí que romperá el radiador de su coche obligándolo a permanecer en el imaginario pueblo de Sinia hasta que reparen su vehículo.

Pero en la era de los smartphones ya no es posible permanecer incomunicado, y Javier, el hijo de Javier, lo llamará al móvil en repetidas ocasiones sin que éste se digne responder. Su padre, en efecto, ha concebido el viaje como una huida, de modo que la naturaleza se convierta para él en un espacio de pensamiento y un bálsamo para su mente atormentada.

La novela relata los nueve días de Javier en Sinia, entre cazadores, guardias civiles y aldeanos con los que compartirá partidas de guiñote, comidas y paseos por la naturaleza; actos todos ellos triviales en la superficie pero profundos en cuanto a que servirán de soporte a la reflexión vital. Entre los personajes de la obra destaca Marina, una peluquera rural que hospedará a Javier en su casa y entablará con él una relación.

La novela está cargada de símbolos, desde esa naturaleza receptáculo de reflexiones y pensamientos del protagonista hasta el pueblo viejo de Sinia, cuyo campanario emerge de entre las aguas cual fantasma del pasado. ¿Dónde había leído yo acerca de un pueblo sumergido...?, he tenido que pensar hasta recordar que se trataba de  San Manuel Bueno, mártir, aquella novela de Unamuno que todos los de mi generación leímos en el COU. Valverde de Lucerna, el pueblo donde se desarrolla la obra, también cuenta con un campanario sumergido bajo un lago de aguas cristalinas. Todavía recuerdo a mi profesor de literatura de COU parafraseando al santo: Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio... Opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe. Y agregaba de su cosecha: Así no recordarán que son seres finitos, destinados a desaparecer.

La cita unamuniana viene a cuento aquí porque Javier, el personaje de Berges, también se encuentra obnubilado, no por la fe católica -como los aldeanos de Valverde de Lucerna- sino por la naturaleza y las gentes sencillas que lo rodean, y que le ayudan a reflexionar sobre el camino que debe seguir su vida. La línea invisible del horizonte demuestra que Joaquín Berges es un autor capaz de escribir en un registro dramático sin por ello abandonar las temáticas y el estilo que exhibe en sus novelas cómicas.



miércoles, 10 de septiembre de 2014

La dificultad de ser feliz

(Sobre La buena reputación, de Ignacio Martínez de Pisón. Presentada por Luis Alegre en Los Portadores de Sueños el 10 de abril de 2014)


Junto al evidente valor literario de La buena reputación, se percibe en esta última novela de Ignacio Martínez de Pisón la voluntad del autor de practicar una literatura popular. Diversos aspectos de la obra parecen avalar esta tesis. El primero lo encontramos en el lenguaje deliberadamente sencillo, que incluye a veces modismos o frases hechas. En segundo lugar debe señalarse el tono conversacional empleado en el relato, el cual permite al lector elevarse de las páginas del libro y sentirse como si le susurraran una historia al oído. El tercer aspecto es la elección de un narrador omnisciente que ahonda en la mente de los personajes hasta el punto de analizar sus actos y pensamientos. Esto último resulta llamativo, dado el predominio de la elipsis en la novelística actual.

A la vista de lo anterior, la crítica ha calificado la obra de “decimonónica”. Afirmación que, si bien no es del todo incierta, debe matizarse, pues aunque las técnicas narrativas de Pisón se parezcan a las del siglo XIX y en particular a las de la novela realista-naturalista, la cultura y la idiosincrasia en el siglo XXI han cambiado tanto que tal afirmación se queda en la forma y difiere por completo en el contenido.

La buena reputación contiene la saga de tres generaciones de la familia Caro Campillo, desde la posguerra española hasta finales de los años 80. Pisón sortea con habilidad las convenciones de un género ya trillado al introducir una historia singular: la de Samuel Caro, judío sefardí de Melilla casado con Mercedes, católica española, en el contexto del Franquismo. Para ello ha sido necesaria una documentación histórica que el autor maneja con precisión y sin prolijidad.

Tal como apunto unos líneas más arriba, las convenciones narrativas del género se evitan a través de un argumento cargado de singularidades. Samuel es judío, en efecto, pero frente a la estampa típica del judío ortodoxo, practica su religión de un modo laxo. Mercedes es católica y conservadora, pero no tiene inconveniente en convivir con Samuel y sus ritos. La propia existencia de sinagogas en la España franquista es una singularidad melillense, ya que en la península se encuentran prohibidas -como se encarga de recordarnos un ficcionalizado César González Ruano-. Todos estos detalles y otros muchos contribuyen a quebrar arquetipos y a dotar de originalidad a la novela a través de una sabia selección de detalles narrativos y descriptivos acerca de los personajes.  

Si algo caracteriza a la familia Caro Campillo a lo largo de décadas es la infelicidad. Todos sus miembros son víctimas de matrimonios errados, de aspiraciones truncadas, de indolencia ante la vida que finalmente les pasa factura. Conforme crecen los centenares de páginas leídas, el lector advierte que todo esto no puede ser fruto de la casualidad, que se encuentra ante una fábula moral que le invita a identificarse con los personajes. ¿Por qué las cosas sucedieron así? –se pregunta el lector–. A posteriori, a sabiendas, los personajes quizá hubieran obrado de otro modo, pero el tiempo no siempre concede segundas oportunidades. Las idea de fatum y la idea de catarsis planean sobre las páginas de la novela. Pero Pisón nunca alecciona, se limita a apuntar de modo sutil para que sea el lector quien alcance una conclusión.

La buena reputación es una novela de gran calidad literaria escrita con hechuras de novela popular. De ella podría afirmarse lo que escribió el crítico Álvaro Colomer sobre el último premio Goncourt: Una ficción capaz de alcanzar a todos los corazones –desde los más desnudos hasta los más fortificados–, culturalmente hablando”.


viernes, 25 de julio de 2014

El lenguaje de los espías

(Sobre Puente de Vauxhall, de Javier Sebastián, presentada por María Ángeles Naval en la librería Cálamo el 14 de marzo de 2014)

A más de un lector dejará perplejo la lectura de Puente de Vauxhall, la última novela de Javier Sebastián editada por Destino. Se trata, en efecto, de una historia de espías basada en la extrañas circunstancia que rodearon la muerte de Diana de Gales y de su amante, Dodi Al Fayed. Pero quien busque en ella una novela de intriga convencional quedara, repito, perplejo, porque su autor ha asumido el reto de escribirla de un modo original, primando la forma literaria sobre el contenido o fondo.

Desde la primera página del libro nos encontramos con un elenco de personajes protagonistas del drama: la princesa Diana, la reina Isabel y el duque de Edimburgo, los príncipes Guillermo y Enrique, los agentes secretos del MI6, y otros personajes de los que apenas sabemos nada y que sin embargo pululan por el relato entrando y saliendo de él según los dictados del autor. Entre todos ellos destacan la narradora y también una monja polaca: la hermana Loretta María Semposki, la cual fue confidente de la princesa Diana en sus peores momentos.

Todos estos seres reales o de ficción aparecen en retazos de escenas, en conversaciones que se entrecortan sin dejarnos comprender totalmente su sentido. La intención de Sebastián mediante este procedimiento no parece otra que reflejar de un modo formal y literario el mundo de los espías. Tal como afirma cierto personaje de la obra: por su propia seguridad un espía no puede saber de todo, debe tener una información necesariamente parcial de la realidad. Y esa sensación de desconocimiento, de incertidumbre, de parcialidad en definitiva, es la que pretende transmitirnos la prosa de Javier Sebastián.

Puente de Vauxhall (enclave que alude a las oficinas centrales del MI6) se convierte en una novela impresionista, cuyas escenas, sólo contempladas en conjunto cobran todo su sentido y transmiten el mensaje del autor: la inconsistencia de la realidad, nuestra incapacidad para conocerla totalmente y la voluntad de otros de ocultarla y tergiversarla en función de sus intereses.

¿Debe primar la forma sobre el relato realista? ¿Hubiera sido mejor escribir una novela de espias ateniéndose a una técnica narrativa convencional? Como reseñista siempre procuro no opinar, es preferible que sea cada lector quien lo haga.




martes, 22 de julio de 2014

Literatura del yo, literatura del nosotros

(Sobre Autopsia, de Miguel Serrano Larraz, presentada por Jesús Jiménez Domínguez y Jesús García Caballero en la Fnac de Zaragoza el 27 de diciembre de 2013)


Afirmaba Jonathan Franzen con motivo de la publicación de “Libertad” que el lector de una novela no lee para saber sobre su autor, sino para saber acerca de sí mismo. Esta máxima, que considero cierta, podría suponer un obstáculo para un género tan en boga como la autoficción, donde el novelista se recrea a sí mismo, recrea su propia vida de un modo más o menos verídico.

Sería un problema si no fuera porque la autoficción, o “literatura del yo” es también “literatura del nosotros”, en la medida que el autor es capaz de transmitir sus experiencias personales de modo que la mímesis con la propia vida del lector funcione. Así sucede en novelas recientes tan relevantes como “Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Torrente o “La hora violeta”, de Sergio del Molino. En ambas, la implicación vital del autor contribuye a hacer más intenso el relato.

Esa misma mímesis con la experiencia vital del lector es justo lo que pretende Miguel Serrano al contarnos su propia juventud zaragozana: los años decisivos de la veintena que median entre la adolescencia y la madurez. Corren la decáda de los noventa y nuestro protagonista, Miguel Serrano, trabaja en los Almacenes de la Modernidad (un trasunto jocoso de la Fnac), al mismo tiempo que descubre su vocación literaria y comienza a presentarse a sus primeros certámenes de poesía, como el Concurso Internacional de Poesía Villa de Aranda. En este nombre, real o inventado, también se adivina la parodia del autor, que ironiza de este modo con el narcisismo propio de los escritores.

Además de su trabajo en los Almacenes de la Modernidad, y de sus pruritos poéticos, el joven Miguel Serrano llena su vida con amigos que tienen nombres tan simbólicos y metaliterarios como Hans Castorp o con el Mensajero; y también con diversas compañeras de instituto: Sara, Beatriz… con quien mantiene relaciones, pero que no acaban de entender sus obras literarias.

Autopsia oscila asíentre la lírica y la narrativa. Algunas páginas son verdaderos poemas en prosa en las cuales Serrano exhibe su dominio de la lengua literaria; otras relatan y dan cuenta de sus experiencias juveniles en un mundo que se revela agresivo y absurdo: en la televisión ponen "Crónicas marcianas", de Javier Sarda. En la realidad el protagonista y sus amigos sufren el acoso de los skinheads, esos jóvenes violentos sin motivo alguno, que desean limpiar la ciudad a base de eliminar a quienes les molestan.
  
A lo largo de las páginas de la novela el autor da cuenta de ese mundo hostil a la mente creativa, que sin embargo pugna por salir adelante en medio de la agresividad. En este sentido resulta de lo más alusiva la portada del libro, diseño de la editorial Candaya, donde se observa a tres niños con máscaras antigás. Al igual que Miguel, esos niños desean defenderse de un mundo que los envenena.

En resumen, lo que puedo decir acerca de “Autopsia”, como joven que yo mismo fui de finales de los noventa, es que me he visto reflejado en ese personaje llamado Miguel Serrano Larraz. Muchas de sus vacilaciones y de sus dudas eran las mías; de modo que puedo afirmar que esta novela no sólo es “literatura del yo”, sino también “literatura del nosotros”. 


miércoles, 30 de abril de 2014

Marea negra

(Sobre Herejía, de David Lozano, presentada por Domingo Buesa y Humberto Vadillo en el Museo Diocesano de Zaragoza el 13 de noviembre de 2013)


No recuerdo cómo ni cuándo conocí a David Lozano, sin embargo todavía me veo bajando con él por el bulevar de Fernando el Católico. Era una tarde de finales de primavera, a mediados de los 90. Ya se avecinaban los exámenes de junio y los altos plátanos del paseo proyectaban su sombra gris sobre el pavimento. Venía con nosotros Víctor Solano y recuerdo que paramos en un colmado hoy desaparecido, junto al Bingo Gran Vía, donde despachaban todo tipo de palmeras y bollos. Por aquel entonces todavía no salía con Marta Oliván, mi mujer, quien casualmente resultó ser amiga de David y de Víctor.

Antes o después de aquella tarde Lozano me prestó su primera novela. Se trataba de un libro de tapas duras color burdeos. En la portada tan sólo unas letras impresas en dorado: Marea negra, David Lozano Garbala. La siguiente imagen que viene a mi memoria es la mía propia  leyendo Marea negra en la consulta de mi abuelo: una habitación atestada de muebles antiguos y utensilios médicos. Era ya verano y el calor me hacía sudar mientras pasaba las páginas de la novela, ambientada en Guinea Ecuatorial. 

Tal vez lo que acabo de contar no sucediera según lo recuerdo, porque como escribe Daniel Gascón en su última obra, Entresuelo: todos nuestros recuerdos son inventados. Lo que sí sucedió años más tarde fue que Mira Editores publicó Marea negra bajo el título de La senda del ébano. Después vendría Donde surgen las sombras, galardonada con el premio Gran Angular y de la cual se han vendido 122.000 ejemplares. A continuación la trilogía La puerta oscura, que próximamente será llevada al cine por Andrés Vicente Gómez. Todo esta trayectoria ha convertido a David Lozano en exitoso autor de novela juvenil leído en multitud de colegios.  

La presentación de Herejía tuvo lugar en el Museo Diocesano, antaño Palacio Arzobispal. Según cuentan los cronistas, Fernando el Católico solía alojarse allí cuando visitaba Zaragoza. Durante las estancias reales, el tribunal inquisitorial, cuya sede habitual era La Aljafería, se trasladaba en ocasiones al Palacio Arzobispal, con el fin de realzar al poder del rey -hecho que nos narra el catedrático Domingo Buesa.

Podría afirmarse que Herejía es una novela de capa y espada en la cual el noble aragonés Luis de Ortuña, trata de salvar a su padre de las garras de la Inquisición, a través de una serie de tretas, escaramuzas y lances amorosos. La novela cuenta con el aliciente de recorrer los lugares de la Zaragoza bajomedieval, sobre la que el autor se ha documentado de maravilla gracias –reconoce– a una vecina historiadora, con la cual sin embargo tuvo alguna discrepancia. Por ejemplo: un personaje mira a través del cristal de la ventana, y su documentadora le informa que en la Edad Media las ventanas carecían de cristales. 

Anécdotas aparte, Herejía revela la maestría alcanzada por David Lozano en el género de la novela juvenil. El autor maneja con soltura las tramas novelescas, dosificando la información y avanzando el relato sin apenas respiro en las peripecias de los personajes. Respecto de éstos habrá quién achaque al autor un cierto maniqueísmo de buenos y malos. La explicación, a mi modo de ver, debe buscarse en el género de la novela juvenil: conviene, sin duda, enseñar a nuestros jóvenes a discernir entre el bien y el mal.

Herejía introduce también la figura del familiar de la Inquisición. Según explica el autor los familiares de la Inquisición eran un órgano compuesto por seglares. Su función era básicamente la delación de posibles herejes. Para ello gozaban del privilegio de no poder ser acusados por aquellos a quienes imputaban delitos. También podían llevar armas, y hasta se beneficiaban económicamente de su labor. Ser familiar del Santo Oficio era, en definitiva, un honor, ya que suponía un reconocimiento público de limpieza de sangre, y al mismo tiempo era un modo subrepticio de ejercer el poder. ¿Cuántas veces ocurriría que un familiar acusara en falso a un vecino sólo para perjudicarle? Lo más temible de todos los regímenes totalitarios –y el de Fernando el Católico lo fue– no son los sátrapas que los dirigen, ni tampoco sus acólitos en el poder, sino más bien aquellas capas anónimas de la sociedad que los sustentan y reciben a cambio pequeñas prebendas. Esta reflexión me trae a la memoria la magnífica película El crisol, basada en la obra teatral de Arthur Miller, Las brujas de Salem, que recomiendo encarecidamente a todos los lectores de este blog.

¿Qué más puedo escribir sobre Herejía, aparte de recomendar su lectura a todos los jóvenes? Debería de mostrar alguna discrepancia, tal vez, para no resultar empalagoso en mis alabanzas. Puesto a ello diré que, a mi modo de ver, la retórica de David Lozano lo emparenta en exceso con Dumas, cuando yo preferiría que siguiera a Stevenson... Pero esta crítica se la explicaré al propio autor mientras tomamos sendos güisquis en una boda que ambos compartiremos próximamente. 

¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquella lejana tarde primaveral en que caminábamos bajo los plátanos de Fernando el Católico! 



viernes, 14 de febrero de 2014

Una sociedad culta, cosmopolita y libre de prejuicios

(Sobre Librerías, de Jorge Carrión, presentada por Antón Castro en la librería Cálamo el 7 de noviembre de 2013)


La eclosión actual de teléfonos inteligentes y redes sociales ha publificado nuestra propia imagen. No tenemos más que acceder a internet y las instantáneas de quienquiera que busquemos se muestran ante nuestros ojos. Hace pocos años, en cambio, no era así. Uno leía un texto y todavía trataba de imaginar el rostro de su autor antes de entrar en Google imágenes y teclear su nombre.

Hace pocos años, cuando me convertí en lector asiduo de los artículos de Jorge Carrión en ABC, La Vanguardia, El País, Quimera... la lucidez de su autor me indujo a imaginarle como una especie de catedrático canoso y con gafas, alguien parecido a José Carlos Mainer, o a su admirado Juan Goytisolo.

Esa misma lucidez de los artículos es la que ahora destilan las páginas de su última obra, Librerías, con la cual quedó finalista del Premio Anagrama de Ensayo. Si alguien me preguntara por el género de Librerías no sabría qué decirle. Se trata de una obra ensayística, obviamente. Pero también contiene un libro de viajes, una novela de no ficción  e incluso un tratado literario.

Carrión nos cuenta su periplo por distintas librería de todo el mundo, desde Londres y París hasta Tánger, Buenos Aires, la India, San Francisco o Johannesburgo. El suyo es un relato en primera persona que se va entreverando con el relato de las vidas de los libreros y escritores que pasaron por allí, de forma que la narración se enriquece con citas de autores y con historia de la literatura. La peculiaridad de Librerías reside en la brevedad de todos estos fragmentos, que se suceden ante los ojos lectores con la naturalidad de los planos de una película. Y la amenidad de la película es tal que uno apenas se da cuenta de que ha concluido un capítulo y, de pronto, pasa a otro continente, o a otro universo literario sin solución de continuidad.

El empeño de la obra era arriesgado. Su autor corría el riesgo de caer en la enumeración repetitiva de locales, pese al exotismo e interés de todos ellos. Pero la inteligente yuxtaposición de fragmentos: relato, ensayo, cita, tratado literario… evita toda monotonía. Y lo repito de nuevo: la obra se lee sin darse uno cuenta, como si en vez de un ensayo se tratara de una novela. El mensaje que parece transmitirnos Jorge Carrión es que en torno a las librerías del mundo se aglutina una especie de sociedad intelectual: la de los libreros y sus clientes. Una sociedad culta, cosmopolita y libre de prejuicios.







lunes, 9 de diciembre de 2013

Zaragoza, comedia humana

(Sobre Pálido monstruo, de Juan Bolea, editada por Espasa)



Todavía recuerdo cuando, hará un año, hojeé Pálido monstruo en la FNAC de Plaza de España. Abrí el libro por la primera página y una de sus primeras frases llamó mi atención. Decía así: Fidel María Paternoy, el abogado penalista que treinta años atrás había sido alcalde de Zaragoza, vio a Ramiro, el ciego de El Tubo, y se dirigió hacia él para comprarle un cupón (…)

Palido monstruo cuenta la historia de un crimen, el de la abogada Eloisa Ángel, autentica femme fatale que forma un triángulo amoroso con el periodista Luis Murillo y con el también abogado David Sánchez, en el marco de las elecciones locales de 2011. 

¿Qué hacía ahí esa oración subordinada: que (...) había sido alcalde de Zaragoza, en medio de una frase principal que contenía una información más vanal? Ya no volvería a abrir el libro hasta un año más tarde, cuando Félix González, de Los Portadores de Sueños, la puso finalmente en mis manos. Había concluido la presentación de La mala luz, de Carlos Castán –curiosamente, otra novela ambientada en Zaragoza– y cumplí con el ritual de dirigirse al bar Circo a tomar el consabido pincho de tortilla, mientras la bolsa rojinegra de la librería descansaba sobre la barra de zinc reluciente.




Que treinta años atrás había sido alcalde de Zaragoza… Al fin, hace tres madrugadas, volví a leer la frase. Había entresacado el libro de mi estantería, con ganas de leer por primera vez a Juan Bolea, y comprobé que la susodicha subordinada formaba parte de un procedimiento narrativo que había de repetirse a lo largo de la obra.  Porque, si bien Pálido monstruo es una novela negra, el autor se encarga de entreverar detalles sobre lugares, sobre personajes secundarios o sobre hechos en apariencia nimios que contribuyen a retratar la ciudad. Suelen aparecer a modo de breve frases, o de escuetos párrafos que se acumulan hasta abonar la tesis de que existe un novela dentro de la novela, o –como diría Bolea–, un segundo nivel de lectura en el cual, Zaragoza, la propia urbe, sería la verdadera protagonista coral del relato. 

Según esta tesis los personajes y lugares serían como las teselas de un mosaico que representaría a la ciudad. ¿Y qué clase de dibujo forman esas teselas? No otro que el de la ambición. Los protagonistas de Bolea son eminentemente balzaquianos. Partiendo del alcalde Paternoy –un trasunto, muy libre, de Ramón Sáinz de Varanda–, y continuando con el periodista Luis Murillo o con los abogados Eloisa Ángel y David Sánchez. Todos ellos buscan el éxito, el renombre local. Y a cada embate de ambición, todo parece enturbiarse a pesar del brillo aparente, como los cielos nublados de la portada.

Aunque el escritor zaragozano no descuide en ningún momento el argumento criminal, resulta evidente ese gusto por recrearse en los personajes y en la ciudad más allá de la trama detectivesca. Prueba de ello es la aparición del asesinato en la página 140. Lo habitual en una novela negra al uso hubiera sido que sucediera en el primer tercio, antes de la página 70, y sin embargo Bolea se demora a propósito por el gusto de mostrarnos esas estampas de la vida zaragozana.

Pálido monstruo me ha parecido, en efecto, una novela de costumbres, que se asienta en esa descripción de tipos y de lugares, pero también en la política-ficción y el periodismo. Bolea no duda en citar expresamente al PSOE y al PP, o en hablar de El Periódico y de “El Comercial” –en alusión jocosa a Heraldo de Aragón–. Destaca, en este sentido, el personaje de Nipho, el murmurador, un Larra actual que va tomando el pulso a la realidad, como si se tratara del eco de la opinión pública. Para Nipho, al igual que para el ciudadano medio, la política no es más que un juego, una especie de duelo futbolístico para contemplar desde la grada.

Me ha parecido un acierto fusionar la narración tradicional, en primera o en tercera persona, con el artículo periodístico, el atestado policial o el informe forense. Esta mezcolanza de géneros ya la practicaba Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta y aquí contribuye a enriquecer, a dar variedad a un género tan abundado como la novela negra.

Recapitulando: Pálido monstruo es una novela policiaca, sí, pero sobre todo es una novela de costumbres, hija de la crisis económica y política que nos asola. A muchos sorprenderá su intempestivo final, habrá quien lo juzgue inverosímil. A mí, en cambio, me ha parecido brillante, porque más que la verosimilitud argumental, me da la impresión de que el autor busca una moraleja a la fábula que ha puesto en marcha. Así lo pienso mientras vuelvo a meter la novela en el hueco que dejé tres noches antes, entre Pálido fuego, de Nabokov y Paradiso, de Lezama Lima. Y en el silencio de la madrugada me da la impresión de oír la voz de Juan Bolea susurrarme al oído: Ten cuidado, amigo, porque en toda esta comedia humana, la realidad anida bajo las apariencias...  





jueves, 10 de octubre de 2013

La novelista intérprete / The actress novelist

(Sobre Del color de la leche, de Nell Leyshon, presentada por Miguel Serrano en la librería Cálamo el 26 de septiembre de 2013. Con la presencia de Raquel Vicedo, editora de Sexto Piso) 


La voz de Nell Leyshon resuena entre los estantes de la librería Cálamo: 

este es mi libro y lo estoy escribiendo con mi propia mano. 
en este año del señor de mil ochocientos treinta y uno he llegado a la edad de quince años y estoy sentada al lado de la ventana y los pájaros llenan el cielo con sus gritos. veo los árboles y veo las hojas. 
y cada hoja tiene venas que la recorren.
y la corteza de cada árbol tiene grietas.
no soy muy alta y mi pelo es del color de la leche (…)

Quien habla es Mary, una adolescente coja y albina que vive en la Inglaterra victoriana, en esa misma Inglaterra de las novelas de Jane Austen o de las hermanas Brontë. Mary narra su propia historia y la voz de Nell Leyshon semeja un eco que nos transporta a otra época. Me pregunto cómo sonará la voz de Mary en castellano, -afirma la autora-. No en vano, Leyshon es una mujer del teatro, ha escrito dramas galardonados con diversos premios en el Reino Unido, y sus obras han sido representadas en el Shakespeare Globe Theatre.  

El padre de Mary maldice a sus cuatro hijas por no haber engendrado un varón que lo ayude en las tareas del campo, mientras las cuatro chicas desempeñan los más arduos trabajos: sacar pedruscos de la tierra, cuidar del ganado, hacer las tareas domésticas… No se permiten ni un respiro en sus quehaceres diarios y viven en el presente porque, como explica Leyshon, los analfabetos, al no leer, no suelen evocar el pasado ni sondear el futuro, sino que se aferran a lo inmediato, a lo puramente narrativo sin apenas describir lo que les rodea.


Un buen día la vida de Mary da un giro inesperado, es enviada a servir en la mansión del vicario, cuya esposa enferma necesita compañía. Saldrá de la casa paterna y se adentrará en un universo desconocido en el cual aprenderá a leer. Miguel Serrano apunta que las frases de Mary se parecen a versículos, por su laconismo y brevedad. De hecho, el libro con el cual el vicario le enseñará a leer no es otro que la Biblia. 

Aparte de ese indudable carácter versicular, en las frases de la narradora abundan los versos auxiliares; las estructuras simples de sujeto, verbo y predicado; así como una ortografía peculiar en la cual no se utilizan las mayúsculas y se sustituyen numerosas comas por puntos y seguido. Estos recursos lingüísticos contribuyen a caracterizar la escritura y el habla de alguien que ha conocido el lenguaje de un modo pobre y tardío. Leyshon nos cuenta que para preparar la novela leyó poemas escritos por esclavos afroamericanos de finales del XIX, que aprendían a leer de forma tardía y que, sin embargo, poseían una de gran belleza lírica.

Y llegado a este punto, después de acumular detalles acerca de la novela y de su protagonista, me permito concluir que la novelista y dramaturga Nell Leyshon ha “actuado” a su personaje, ha creado un retrato tan vívido que casi parece que podamos tocar a Mary, oír su voz como si se tratara de un eco del pasado reverberando entre los estantes de la librería Cálamo.

Tengo el mismo defecto que Mary –afirma Nell Leyshon–, siempre digo lo que pienso… Sirva esta frase como introducción a una novela femenina y feminista. Una magnífica lectura para el otoño que comienza. Y nada más me queda por añadir, tan sólo agradecer a mi compañero de presentaciones, Félix Santander, las fotografías de esta crónica.




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(About Nell Leyshon The color of the milk, introduced by Miguel Serrano at Cálamo bookshop, Zaragoza, Spain, the 26th september 2013. With the presence of Raquel Vicedo, spanish editor of Sexto Piso)


Nell Leyshon´s voice sounds among the shelves of Cálamo bookshop:

this is my book and I am writing it with my own hand. 
in this year of lord of eighting thirty one I have reach the age of fifteen years and I am sitting beside the window anf the birds fil the sky with their shouts. I see the trees and I see the leaves. 
and each leaf has veins going over.
and the bark of each tree has cracks.
I am not very tall and my hair is of milk´s color (…)

Who talks is Mary, a lame albino teenager who lives in the victorian England, that same England of Jane Austen or Brontë sisters novels. Mary tells her own story and Nell Leyshon´s voice seems an echo that takes us to another age. I wander how Mary´s voice sounds in spanish -says the author-. Not for nothing, Leyshon is a theatre woman, she has written plays awarded with several prizes in the United Kingdom, and her dramatic pieces has been represented at the Shakespeare Globe Theatre.

Mary´s father courses her four daughters because he hasn´t give birth to a boy, so as to help him with the land, while the four girls carry out the harshest jobs: taking out stones from the land, looking after the cattle, making domestic works… They don´t have a moment of rest and live the present, because as Leyshon explains, the illiterates, cause they can not read, don´t think about past or future, but cling to the present, to tell want happens, without descriptions of what surrounds them.

A day like others, Mary´s life changes dramaticly, she is sent to serve at the vicar´s mansion, her wife is ill an needs company. So Mary will leave her parents and enter an unknown universe in which she will learn how to read and write. Miguel Serrano points out that Mary´s sentences seem yo be verses, for its laconic style and brevity. As a matter of fact, the book with which the vicar shows her how to is the Bible.



Apart of this evident verses similarity, in the narrator phrases abound the common verbs; the simple structures of subject, verb and predicate; so as a peculiar ortography in which capital letters are not used, and many commas are changed for full stops. These linguistic means contribute to define the writing and speaking  of someone who has known the language in a poor and late way. Leyshon tell us that to prepare the novel she read poems written by african american slaves from the end of XIX century. They also learnt how to read in a late way, however the poems had a strange lyric beauty.

At this point, after gathering details concerning to the novel and her protagonist, I daresay that the novelist and playwright Nell Leyshon has “acted” her character, she has created a so vivid portrait of Mary that it seems we can touch her, listen to her voice as if she was an echo reverberating among the shelves of Cálamo bookshop.

I have the same defect as Mary –states Nell Leyshon–, I always say what I think… Let´s make use of this statement to introduce this feminine and feminist novel. An excellent read for the starting autumm. And nothing more I have to say, just thank my companion of presentations, Félix Santander, for the pictures of this report.

jueves, 5 de septiembre de 2013

La mujer como juguete roto

(Sobre Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz, presentada en la librería Cálamo por el escritor Luisgé Martín el 19 de septiembre de 2013)


Daniela Astor y la caja negra encierra, en realidad, dos novelas. La primera se desarrolla en plena Transición y narra la adolescencia de Catalina y Angélica, dos amigas que fantasean ser Daniela Astor y Gloria Adriano, mujeres ricas, sensuales y sofisticadas, adoradas por los hombres, a imagen de las divas del destape. Esta primera novela, que bien podría titularse "Daniela Astor" a secas, es intimista y está escrita en tono conversacional, con un lenguaje sencillo y emotivo que combina la comedia y el drama.

La segunda novela adquiere la apariencia de guión para un documental, escrito por la propia Catalina ya adulta, y titulado “La caja negra”. En él se da cuenta, a modo de capítulos, de la vida de diversas estrellas del destape: las primas Estrada, María José Cantudo, Bárbara Rey… Así como de diversas películas, e incluso géneros cinematográficos: No desearas al vecino del quinto, La muchacha de las bragas de oro… “La caja negra” también está escrita en un lenguaje sencillo y directo, pero la emotividad de "Daniela Astor" se convierte en causticidad, y la comedia ya no combina con el drama, sino con el terror moral derivado de la decadencia que sufrieron todas aquellas mujeres, algunas muertas en trágicas circunstancias (Amparo Muñoz, Sandra Mozarowsky…) Parece evidente que el sentido del título, "La caja negra" alude al descubrimiento de la verdad, de lo que realmente sucedió.

No cabe duda que abordar hoy en día el tema del destape corría el riesgo de resultar anacrónico. De ahí la audacia y el acierto literario de Marta Sanz, que ha sabido dotar de actualidad a toda esa cultura ya caduca de los años 70, mediante el análisis de su contenido esencial, que no es otro que una crítica al machismo subyacente. En efecto, todas aquellas mujeres: la Cantudo, la Rey, las Estrada que antaño fueron admiradas, hoy pululan por programas televisivos como Sálvame exhibiendo sus arrugas, o bien han sido olvidadas por completo.

Es en este punto, en el del sentido profundo del relato, es donde la novela "La caja negra" entronca y muestra su coherencia con la novela de "Daniela Astor", donde las dos amigas dejarán progresivamente de ser Daniela Astor y Gloria Adriano para convertirse en quienes son en realidad: Catalina Hernández y Angélica Bagur. Y esta transformación se produce porque su propia vida las hace descender al mundo real. Pero en concreto será el aborto (no desvelo de quién), el detonante de ese descenso a una realidad bastarda, que preconizaba en lo público la libertad sexual y la emancipación de la mujer para más tarde criminalizarla.

El mensaje que transmiten “Daniela Astor” y “La caja negra” es en este sentido paralelo: el de la mujer como un juguete roto, un bonito juguete manoseado por todos que acaba repleto de rayas y abolladuras.

Ya perdonará el lector de este artículo mis excesos metafóricos, pero es que, como ocurre a menudo con las grandes obras literarias, resulta mucho más difícil explicarlas que leerlas. A la vista de las críticas, no creo ser original al afirmar que ésta es una gran novela, que merece ser leída. En mi opinión la calidad literaria de Marta Sanz está a la altura de su colega de Anagrama, Rafael Chirbes: ambos enfrentan de lleno la cultura española, sin el temor de tantos escritores a ser considerados “costumbristas”.



lunes, 15 de julio de 2013

Niveles de lectura

(Sobre Mundo salvaje, de Virginia Aguilera, presentada por Juan Bolea en el teatro Principal el 2 de julio. Acto organizado por la librería Los Portadores de Sueños)



Inicia Juan Bolea su disertación sobre Mundo salvaje con una reflexión literaria de calado. Existen, en su opinión, dos tipos de novelistas: quienes buscan una voz propia, un estilo; y aquellos que priman el argumento y la caracterización de los personajes. Los primeros persiguen la estética del lenguaje, la expresión de un universo personal; los segundos, en cambio, se centran en contar historias y en crear caracteres creíbles  Entre los estilistas cita a Cela y a Umbral; entre los narradores se decanta por Galdós y Delibes: Fortunata y Jacinta… Las ratas… -afirma Bolea.

Y la distinción no puede parecerme más certera. A menudo, el estilo y la narración se parecen a los dos señores del Evangelio: no se puede servir fielmente a uno sin descuidar a la otra. Pongo como ejemplo al citado Camilo José Cela: sus obras más narrativas son las más neutras desde el punto de vista estilístico: La familia de Pascual Duarte, La colmena... En cambio, en sus obras más estilísticas, la narración y los personajes tienden a desaparecer: San Camilo, 1936; Mazurca para dos muertos… 

Dicho lo cual, Juan Bolea no duda en clasificar a Virginia Aguilera entre las narradoras. Virginia es una joven autora zaragozana que ha publicado hasta la fecha dos novelas. Con la primera, Helena Kin, ganó el premio Casino de Mieres 2011. Por la actual, Mundo salvaje, le ha sido concedido en Mérida el XV premio de novela Juan Pablo Forner.

Uno de los primeros aciertos narrativos de Mundo salvaje consiste en hurtar información al lector: nos encontramos en un desconocido país tropical. El narrador es un innominado hombre maduro, ligado sentimentalmente a una mujer joven. Ambos son dirigentes de un partido político cuya ideología desconocemos, en un país regido por un sistema político que ignoramos. Los dos se embarcan en un viaje de precampaña a las provincias más deprimidas del país, pobladas por espesas selvas.

En el curso del viaje la pareja sufre un accidente que lo deja a él impedido. Y es entonces cuando aparece el tercer personaje. Se trata de un enigmático habitante de la jungla, que inicialmente los ayuda, pero que al cabo se convertirá en su carcelero, al adentrarlos en la selva y suministrarles víveres sin facilitarles, sin embargo, el camino de regreso a la civilización. El extraño personaje, mezcla de Tarzán y del coronel Kurtz de El corazón de las tinieblas, es apodado por la pareja “La Bestia”. 

Con todas estas carencias de información, la autora logra crear desde el inicio una atmósfera de misterio que universaliza a los personajes y facilita la identificación del lector con ciertas actitudes, identificación que resulta muy cara al desarrollo narrativo posterior, donde deberemos acompañar a los protagonistas a través de penurias. No en vano, la de Aguilera es ante todo una novela de aventuras.

Sin embargo, la obra contiene diversos niveles de lectura. Uno puede quedarse con la novela de aventuras y se divertirá, sin duda –afirma Juan Bolea–, pero Mundo salvaje es además una sátira sobre el mundo de la política, y también una novela filosófica acerca de la civilización.

Sobre este punto reflexiona la autora. En efecto, su intención era contraponer la sociedad humana al mundo de la naturaleza. El hombre se empeña se afirmar la superioridad de la civilización sobre el mundo salvaje, pero ella se pregunta: ¿qué tipo de salvajismo es peor, el de la sociedad civilizada o el de la naturaleza? ¿No será, en realidad, la civilización un mero estadio evolutivo de la naturaleza?

Desde luego, cuando uno piensa en los crímenes e inmoralidades sin cuento que se comenten en nuestro mundo civilizado, no puede por menos que congraciarse con tales argumentos. No obstante, no ha sido este el nivel de lectura que más me impactado al leer la novela, sino otro, no citado por Virginia Aguilera ni por su presentador, y que expongo a continuación…

Mundo salvaje  me ha parecido una novela sobre las relaciones de pareja. El narrador e Ivi (que así se llama la protagonista), se conocen en la capital y se enamoran. A continuación emprenden su viaje de precampaña por regiones más exóticas del país, que se asemeja a un viaje de novios; para concluir en la selva, que simboliza la vida en común, con todas sus alegrías y sinsabores. “La Bestia” formaría parte de esa jungla conyugal: él premia y castiga a la pareja, al igual que la vida nos premia y castiga a diario.

En mi opinión Virginia Aguilera es una gran narradora, y Mundo salvaje merecería publicarse en Anagrama, en Seix Barral, en Tusquets , en Mondadori…  

martes, 2 de julio de 2013

Vivir para novelar

(Sobre Encuentro en Berlín, de Pepe Ribas, presentado por la periodista Concha Monserrat en la librería Calamo el 18 de junio) 



Pepe Ribas es un tipo elegante. En la presentación viste camisa a rayas turquesas y pantalón marengo. Los zapatos, en cambio, son marrones, voluminosos y de ancha suela de goma. Tal vez con ellos haya recorrido el autor los escenarios de Encuentro en Berlín: Alemania, Ucrania, Polonia, Austria, Chile...

Una de las primeras ideas que nos transmite el autor es que, ante el dilema entre vida y literatura, él optó por vivir para, a continuación, escribir sobre lo vivido. Y este parece ser, en efecto, el procedimiento seguido en la redacción de su última novela, porque si algo denota el texto es que la documentación que le sirve de soporte es mucho más vital que libresca. 

A pesar de las múltiples tramas, podría decirse que Encuentro en Berlín gira en torno a una aventura amorosa, la que mantienen en la capital alemana un joven chileno: Ernesto Usabiaga, y un maduro ucraniano: Maksim Kazantev. Ambos personajes son paralelos en muchos aspectos. Los dos pertenecen a la clase acomodada de sus países; los dos se sienten hastiados de sus profesiones y, por último, los dos descienden de padres y abuelos represaliados por regímenes totalitarios: el nazismo, el estalinismo, el pinochetismo….

Ya no creo que la política o el periodismo puedan cambiar nada, aprovecho la distancia que me da estar en Europa para pensar qué voy a hacer con mi vida –afirma Ernesto. Él joven editaba una revista crítica en defensa del medio ambiente: Manjares, que ha sido boicoteada por los poderes fácticos chilenos: las industrias del cobre y del vino. 

Te voy a hacer un regalo. La jauría, de Emile Zola (…) explica la vida de un especulador insaciable (…) –le responde Maxim. El ucraniano es también un especulador. Gracias a su familia y a la de su mujer, pertenece a la nueva oligarquía nacida tras la caída de la Unión Soviética: ese grupo de privilegiados que, a la sombra de los jerarcas militares y políticos, controla los grandes negocios estatales. En el caso de Maxim se trata principalmente del gas natural.

Para proporcionarle un medio de vida, el ucraniano introducirá al chileno en una compleja red de espionaje cuya finalidad es la construcción de gasoductos en el este de Europa. 

Le pregunto a Pepe Ribas si para crear el argumento se sirvió de las novelas de espías, al estilo de las de John Le Carré o Graham Greene: aquellas que nos habla de los tejemanejes de los poderosos al margen de la sociedad civil y democrática. El autor vacila unos segundos, y finalmente afirma que quizá… que tal vez la literatura de espías le haya servido para hablar sobre el poder…

Y, en efecto, una vez leída la novela, da la impresión de que el poder sea el tema nuclear de la obra. Es su ejercicio, en definitiva, quien acaba con la revista de Ernesto, quien manipula a Maxim y quien destroza las vidas de los padres y abuelos de ambos a manos de los regímenes totalitarios antes citados. Se trata de un poder invisible a la ciudadanía, que rodea, seduce y destruye a los personajes y nos remite a la idea del mal.

Encuentro en Berlín es una novela surge por acumulación. El autor nos explica cómo, durante los cuatro años que duró su redacción, fue aglutinando tramas, personajes y escenarios hasta deparar su compleja estructura. Tres fueron, según él, los leit motivs que lo inspiraron. Pepe Ribas quería, en primer lugar, escribir sobre los cosacos, que lo fascinaban desde que su padre lo llevo de niño a presenciar un espectáculo de danza. El autor también tuvo presente la literatura rusa, en particular la obra Tolstoi, que ha leído en su integridad. Y, por último, también quiso poner de relieve la cultura centroeuropea, la cual, a su juicio, se encuentra desplazada por la anglosajona.

Esta última afirmación no puede parecerme más cierta. ¿Por qué cuando miro mi biblioteca descubro sobre todo literatura hispánica y anglosajona, mientras la francesa, la alemana o la rusa tienen una presencia modesta? ¿Por qué al preguntar al autor sobre las novelas de espionaje, no he hecho sino citar a los británicos Greene y Le Carré? ¿Por qué la mayoría de reseñas de autores extranjeros en los suplementos literarios se refiere a autores anglosajones? ¿A qué se deberá, en definitiva, la preeminencia de lo anglosajón? 

Encuentro en Berlín me ha parecido una magnífica novela y me ha recordado a otra que comenté en este blog: Yo confieso, de Jaume Cabré. Ambas compartes esa presencia constante del mal como eje del relato, y el carácter acumulativo de tramas y personajes a lo largo de diversos lugares y épocas. Comparten también Cabré y Ribas el haber escrito sendas novelas de ideas, que tienen el acierto de centrarse en lo novelesco, sin recaer en la exposición de teorías filosóficas.

Son las siete de la mañana, y mientras corrijo estas líneas me dirijo a mi biblioteca para seleccionar otra novela. Escojo Los cosacos de Tolstoi, en la edición publicada por Atalanta en 2009, y mientras leo la solapa imagino a Pepe Ribas con la camisa a rayas turquesas y los zapatos marrones. De su hombro cuelga una escueta bolsa de viaje. Se encuentra en la sala de espera de algún aeropuerto, dispuesto a vivir para después novelar.



lunes, 10 de junio de 2013

Una novela de Use Lahoz

(Sobre El año en que me enamoré de todas, de Use Lahoz, presentada por Juan Bolea y Ricardo Lladosa en la Feria del Libro de Zaragoza el 6 de junio)



La primera noticia que tuve acerca de Use Lahoz fue la crítica de Ricardo Senabre a Los Baldrich, publicada en enero de 2009. Andaba buscando novelas recientes sobre sagas familiares y, según Senabre, la de Lahoz abarcaba tres cuartos de siglo de una familia de la burguesía catalana. Utilizaba como modelo La ceniza fue árbol, de Ignacio Agustí –cuya Mariona Rebull acababa de leer–, pero introduciendo novedades en cuanto al planteamiento.

Recuerdo que leí la novela aquel verano de 2009, en la terraza de un apartamento de Calafell, y fue para mí un hallazgo. En efecto, me pareció que Use Lahoz revitalizaba ese subgénero decimonónico: las novelas de sagas familiares, y así se lo hice saber en una carta dirigida a la editorial Alfaguara.

Debo confesarlo, pensé que mi misiva sería como un mensaje lanzado al mar en una botella… pero para mi sorpresa, al mes de enviarla recibí un mail de Use en el cual, tras agradecer mis parabienes, escribía: Me alegra saber que vives en Zaragoza, tengo familia allí y grandes amigos. En abril tendré que ir, pues la editorial Prames publica mi nuevo poemario. Así que si te parece bien, cuando vaya te aviso.

La visita de Use a Zaragoza tuvo lugar finalmente el 1 de junio de 2010 (según mi bandeja de entrada). Busqué un sitio próximo a la FNAC -lugar de la presentación-, que tuviera algo que ver con el ambiente de Los Baldrich, y no encontré otro mejor que el Gran Café Zaragoza, ubicado en la calle Alfonso I, en la antigua joyería Aladrén: un local modernista que evocaba el ambiente burgués de la novela.

Aquella tarde hacía calor, recuerdo, y conforme me aproximaba al lugar reconocí al escritor. Sentado a una mesa de la terraza repasaba un cuaderno Moleskine con las notas de lo que debía decir. Al poco de saludarnos me aclaró lo de su familia zaragozana. Él era barcelonés, pero su madre había nacido en un pueblecito de los Monegros llamado La Almolda.

No puede ser... -exclamé-. Mi abuelo había ejercido la medicina en ese pueblo durante más de veinte años, de 1950 a 1970, más o menos. Igual de sorprendido, Use cogió el móvil y llamó de inmediato a su madre. ¡Sí, claro, ella se acordaba perfectamente del médico, de don David! Qué fuerte, qué coincidencia –repetía Use–. Yo evoqué los años cincuenta e imaginé  a mi abuelo mucho de joven, introduciendo una cucharilla de postre en la boca de una niña para comprobar si tenía anginas. La niña era la madre de Use…

A continuación hablamos de nuestras vidas, él me contó que recorría el mundo escribiendo crónicas de viajes para El País, residiendo en los más diversos lugares. Mi vida, en cambio, no podía ser más local: trabajo en Zaragoza, estoy casado, hipotecado y con dos hijos pequeños. Envidié su vida viajera llena de experiencias. Él, en cambio, envidió mi estabilidad. Está pensando, quizá, en comprar un piso, en estabilizarse -me confesó.

Mi siguiente encuentro con el autor fue en febrero de 2011, con motivo de la presentación de su siguiente novela, La estación perdida, a cargo de Manuel Vilas. En esta nueva obra, Use volvía a abordar su tan querido tema de las sagas familiares, pero no desde la perspectiva de la burguesía sino más bien desde la de la clase trabajadora. Se describía profusamente Zaragoza como “la capital”.

Y el asunto de las sagas familiares termina por colarse de nuevo en El año en que me enamoré de todas, la nueva novela de Use que presento junto con Juan Bolea en la Feria del Libro de Zaragoza. En efecto, aunque los temas fundamentales de El año en que me enamoré de todas sean la juventud y la amistad, su autor inserta una novela dentro de la novela titulada Abierto por amor, que es en realidad un manuscrito encontrado por el protagonista, Sylvain Saury, en el ascensor de su casa, y que relata la vida de tres generaciones de una familia de pasteleros: los Fournier… 

Estamos en 2005, Sylvain acaba de llegar a Madrid enviado por un periódico francés para escribir crónicas sobre la vida en la capital. Ha vivido antes en Montevideo, en Roma, en Hamburgo… y llega a Madrid con la esperanza de recuperar, quizá, el amor de Heike, una antigua novia alemana de la cual se enamoró en Florencia y que ahora trabaja como arquitecta. Pero la vida madrileña de Sylvain se llena pronto con un montón de viejos y nuevos amigos: Jacobo, Iria, Néstor, Belén… Madrid es una fiesta para Sylvain, quien escribe sus crónicas “como puede”, desde el café Pepe Botella en la plaza del Dos de Mayo.



Mientras atravesaba las páginas de la novela no podía sentirme más identificado con su protagonista… Me fui de Erasmus a Holanda, al igual que Sylvain se fue a Italia o Use a Portugal. Y al igual que Sylvain y Use trabajaron en Madrid, yo empecé allí mi andadura profesional, y cuando salía del trabajo, al igual que ellos, quedaba con los amigos en el café Barbieri de Lavapies, o en la plaza de Santa Ana, o en el café de Ruiz. Organizaba fiestas en mi piso compartido a las que asistían Rafa, Ana, Pablo, Virginia, Félix…, las cuales acabaron, en alguna ocasión, con la presencia de la policía local.

Hacia la mitad de esta novela intensa que es El año en que me enamoré de todas, Sylvain conversa con uno de sus vecinos, el empresario pastelero Metodio Fournier, de quien admira su estabilidad: él tiene domicilio fijo en Madrid, está casado, tiene una hija… Sylvain, en cambio, siente no tener nada más allá de sus amigos y sus experiencias viajeras. A Metodio le sucede lo contrario: él, aunque esté contento con su trabajo de pastelero, echa de menos una vida aventurera como la de Sylvain. 

En la presentación Juan Bolea advierte que Use ha encontrado ese punto que hace su novelística distinta, ese estilo propio que debe tener todo buen narrador… Y yo coincido con el escritor y periodista aragonés: en efecto, la narrativa que practica hoy Use resulta singular: una narrativa cuasi decimonónica y dickensiana.

Lahoz es torrencial y digresivo, su principal preocupación no es el “gran estilo” ni la “bella frase” sino, más bien, contar historias cargadas de emotividad. Sus novelas abundan en personajes y tramas que se entrecruzan entre sí y recorren distintas épocas vitales. En una sola página puede haber un salto temporal de treinta años para, al cabo de varias páginas, volver al tiempo presente. Utiliza para ello, de forma deliberada, un tono conversacional, que no escatima palabras para dar la impresión de narrar “como se habla”.

En mi opinión, El año en que me enamoré de todas es su mejor novela del autor, la más sintética. En tan sólo trescientas páginas da la impresión de haber hecho un largo viaje, de haber surcado un montón de vidas, con esos caprichos argumentales del novelista que nos llevan de la vida de Sylvain a la de su madre, y de la de ésta a, ¡pongamos por caso!, una amiga suya que hizo un viaje turístico a Méjico y cayó desde lo alto de una pirámide sin perecer en el intento… ¡En fin!, sirva esta boutade como ejemplo de mi argumentación.

La crítica no ha dispensado a esta novela la atención que sin duda merece. Tal vez se deba a que se aleja deliberadamente de la literatura “intelectual”. Si este fuera el caso, debo decir que Lahoz se aleja igualmente de los convencionalismos propios del best-seller. Lo que pretende el autor es ser, como lo fueron Balzac y Dickens, un escritor popular, que pueda ser leído por todos.

Al terminar el acto, en agradecimiento a mi labor presentadora, Juan y Use me invitan a cenar. Compartimos mantel con José Ovejero, Fernando Aramburu, Manuel Vilas, los hermanos José Luis y Ramón Acín. Contamos también con la sabiduría de Rosa Regás, quien nos deleita hablando se Llofriú y de Josep Plá, entre otras charlas literarias.

Y a estas alturas de esta torrencial, de esta larga crónica en la cual he recorrido tantas emociones, tantas épocas, no sé si el lector habrá advertido que mi pretensión no era otra que hacer que la crónica se pareciera a una novela de Use Lahoz.

viernes, 7 de junio de 2013

Don Quijote en la era de Google

(Sobre Restos humanos, de Jordi Soler, presentada por Ricardo Lladosa en la Feria del Libro de Zaragoza el 4 de junio)



Debo agradecer a Eva Cosculluela, de la librería Los Portadores de Sueños, el haberme descubierto a Jordi Soler. Restos humanos es una de las mejores novelas satíricas que he leído en años. No sólo por sus desternillantes páginas, también por su calidad literaria.

Al comienzo de la presentación pregunté al autor cuál había sido la primera idea que lo llevó a escribir la novela. Él no vaciló en responder algo que había imaginado… Se encontraba en El Corte Inglés y, de pronto, amanecía por allí un individuo con barba y largos cabellos, ataviado con túnica blanca y sandalias. Alzaba las manos y comenzaba a predicar una serie de ideas acerca del amor, la bondad, la honestidad, la rectitud… De inmediato era reducido y puesto de patitas en la calle por la seguridad del establecimiento.

Restos humanos es una novela acerca de la imposibilidad de hacer el bien en la era de Google, afirma Soler. Y ese parece ser el problema que padece el Santo, protagonista de la sátira. El Santo es una especie de Jesucristo Superstar, un predicador idéntico al imaginado por Soler que recorre mercadillos y prostíbulos de una innominada ciudad hispánica; predicando el bien y recibiendo a cambio chanzas e insultos, con la excepción de de unos pocos adeptos, como los pescaderos Jesús Andrés y Mayola, quienes le obsequian cada día con medio kilo de  calamares. El Santo trata de convencer a las prostitutas de que se dediquen a otros trabajos, pero ellas le contestan que así se ganan bien la vida, si trabajaran como dependientas cobrarían menos. También trata de mentalizar a los tenderos de que no vendan caros los alimentos: la gente humilde debe alimentarse, afirma, ante la adusta mirada de los tenderos.

El Santo vuelve al apartamento que ocupa –cuyo alquiler costea su hermano, jefe de gabinete del alcalde– y cocina los calamares con el fin de preparar el cuerpo para la predicación. El espíritu lo atemperará con la ayuda de una biblioteca compuesta por libros de yoga, de tarot, de ovnis… Tras leerlos se pone frente al espejo y gesticula con las manos. Está ensayando las prédicas que más tarde expondrá a sus discípulas: Alicia (lechera del mercadillo), y Ricardita (una mujer de 69 años cuyo marido salió hace años a comprar tabaco y nunca volvió).

Un buen día aparece en el templo del Santo un nuevo discípulo, se trata del camionero tuerto Childeberto, quien pide al Santo una obra de caridad: debe guardarle en su congelador un tupperware que contiene un ojo congelado. Deben transplantárselo a él, cuando llegue el momento. El Santo acepta compasivo, pero Childeberto amanece unos días más tarde con un riñón congelado destinado a un amigo suyo. Y así sucesivamente irá atestando el congelador con más y más tupperwares hasta presentarse, un buen día, con otro que contiene un pie femenino.

El Santo sera extravagante, pero cuerdo, y pronto entiende que su amado discípulo está complicado en el tráfico de órganos. Mas, como cuenta el narrador, piensa que sería un fracaso moral denunciarlo. Él predica el bien, y debe hacerle caer en la cuenta de sus errores. Confía en que el mal puede siempre vencerse a fuerza de bien. Pero pronto el mal lo ira cortejando, lo ira envolviendo… a través de su hermano, de Mayola y Jesús Andrés, del alcalde… Y hará su aparición la mafia rusa, la prostitución, los sicarios mejicanos.

Algunos comentaristas al reseñar la novela la han comparado con el esperpento de Valle Inclán. Yo no coincido con estas críticas. En mi opinión, al margen de épocas, escuelas o movimientos, los novelistas satíricos pueden clasificarse en dos grupos. Están, en primer lugar, aquellos que describen a los personajes burlescos desde fuera, autores que tienden a deshumanizar a sus criaturas convirtiéndolas en estampas de indudable valor estético o filosófico, pero de escaso valor narrativo. A este grupo pertenecerían Quevedo, Gracián, Rabelais, Valle Inclán, Francisco Umbral...

En segundo lugar encontramos a los autores que se meten en la psique de los personajes satíricos y tienden a humanizarlos, primando la narración frente a lo estético o filosófico. Tales son los casos, por ejemplo, del autor del Lazarillo, de Cervantes, de Fielding, de Twain, de Eduardo Mendoza...

Después de leer Restos humanos no me cabe duda de que Jordi Soler pertenece a la segunda tradición –mi preferida, debo aclarar–. El autor mejicano asume en esta novela el difícil reto de crear con el Santo a una especie de Don Quijote, porque al igual que el hidalgo manchego salía al campo a deshacer entuertos o socorrer doncellas, nuestro santo varón sale a la calle para rehabilitar prostitutas o promover la caridad entre los tenderos. Y del mismo modo que las caballerías de Don Quijote acaban en varapalos, las predicaciones del Santo terminan al grito pelado de: ¡Farsante!, ¡mariquita!, cuando no lo hacen con mangos maduros arrojados a sus barbas o criadillas de pollo sobre la túnica inmaculada.

La tesis que tú defiendes es la que defendió Tono Masoliver Rodenas en La Vanguardia –afirma Soler–, sin embargo yo no pensé deliberadamente en Cervantes mientras escribía, simplemente supongo que forma parte de nuestra cultura, que siempre está en nuestra mente… 

Otro gran acierto  de la novela es el de interponer entre el lector y el Santo la figura de un periodista-narrador con el encargo inicial de redactar un reportaje sobre el Santo, que más tarde se convertirá, por extensión, en la novela. En un brillante juego metaficcional, el periodista plantea al lector el proceso de construcción de una novela. Al principio va acumulando documentación: ve Simón del Desierto, de Luis Buñuel; Nostalgia, de Andrei Tarkovski; lee a un autor checo; repasa el esperpento de Valle. Y conforme escribe duda: ¿debe alargar su relato y ahondar en la figura del Santo?, ¿debe ceñirse a la realidad?, ¿debe terminar escribiendo una novela?  

Quizá el mayor logro del libro sea la caracterización del Santo. Como buen personaje satírico, se ve enfrentado a un mundo corrupto que supone la antítesis de sus ideas: ¿qué debe hacer?, ¿dejarse llevar por el mal, renunciar a su santidad? La narración va fluyendo, avanzando nuevas sorpresas a cada capítulo en una suerte de descenso a los infiernos. ¿Alcanzará el Santo la redención final...? Lean, por favor, esta novela. 

Son las nueve de la noche pasadas y continúo conversando con Jordi Soler… Los novelistas, en el fondo, somos como el Santo –sentencia el veracruzano–. Hacemos el gran esfuerzo de escribir novelas para plasmar un cierto conocimiento y, una vez escritas, apenas obtenemos beneficio por ello. Y tan amigablemente hablamos que mi colega Rafa Arnal –de la organización de la Feria– debe avisarnos de la salida del AVE de Jordi, que partirá en 25 minutos desde la estación Delicias con dirección a Barcelona. 

Y sucede en cuestión de segundos, como en las prédicas del Santo: la presentación se desmorona, todo se desmantela, salimos del edificio de Capitanía por distintas puertas, hacia el anochecer zaragozano. Y yo sigo pensando en las palabras de Jordi: ¿me pareceré también al Santo por escribir este blog?

martes, 28 de mayo de 2013

Funambulistas de la vida

(Sobre Hijos y padres, de Félix Teira, presentada en Los Portadores de Sueños junto con Abrir la puerta, de Ramón Acín, el 16 de mayo. Ambos autores dialogan acerca de sus obras)




Nada más leer el título del último libro de Félix Teira, me vinieron a la memoria los de dos clásicos de la literatura universal: la novela Padres e hijos, de Turgueniev y el cuento Padres e hijos, de Hemingway. Teira ha invertido el orden de los anteriores y titula su novela: Hijos y padres. En principio esta inversión parece coherente con el hecho de que sean los hijos quienes narran sus vidas en primera persona y quienes relaten, en tercera persona, las de sus padres.  

Pero el predominio de los jóvenes sobre los adultos en Hijos y padres va mucho más allá del título o del punto de vista: es más bien el pálido reflejo de una realidad que, no por poco conocida, deja de resultar esclarecedora cuando quien la describe sabe, no sólo enunciarla, sino mostrarla, como es el caso de Félix Teira.

Hijos y padres es una novela coral en la que cinco adolescentes zaragozanos del barrio de Las Fuentes narran su vida en el instituto, las relaciones con compañeros y padres. Como adivinará el lector de esta entrada, algunos de los temas de la novela son el despertar sexual, el alcohol, las drogas, la crisis de valores… Pero Félix Teira ha tratado de huir de los estereotipos dotando a casi todos sus personajes de alguna peculiaridad ajena a los temas citados: uno anhela ser fotógrafo, otra desea escribir poesía, otro dedicarse al fútbol…

De lo anterior se sigue que no carga el autor contra la jóvenes como tales, sino contra la crisis de valores que anida en ellos. Hijo, Gem, la Sucia, el Roda y la Vero –los cinco protagonistas antes aludidos– tienen en común un cierto narcisismo, que los hace creerse autosuficientes y desdeñar la autoridad paterna, cuando en realidad son meros funámbulos (o funambulistas, al decir de la editorial) que pisan por vez primera la cuerda floja de la vida. Sus padres también fueron funambulistas, pero en medio de la cuerda cayeron sobre la red y ahora los miran desde abajo, incapaces de aconsejarles.

En efecto, a menudo nos encontramos en la novela con padres en el paro, víctimas de la crisis económica. Pero también con padres adúlteros, con padres que se dan al alcohol, con padres que no respetan a sus propios mayores… ¿Cómo quieren influir positivamente en sus hijos?

Con frecuencia da la impresión de que Hijos y padres sea, no sólo una novela coral, sino también una novela circular, en el sentido de que las peripecias de sus protagonistas parecen no tener un principio ni un final, sino girar sobre sí mismas y llevarnos hasta el punto de partida, tanto ético como narrativo. Y al final el autor nos deja con la duda: ¿sabrán los protagonistas encauzar  su talento para la fotografía, para el fútbol, para la informática… en medio del marasmo moral?

Desde el punto de vista lingüístico, al igual que con la trama, Félix Teira ha querido resultar original, cambiando de registro conforme cambia el narrador, en cada una de las partes de la novela. En alguna, en particular en la primera, What a wonderful world, utiliza un lenguaje sincopado, repleto de frases cortas, un lenguaje metafórico que dificulta la lectura; aunque pronto entiende el lector que sirve al propósito de relatar la disfuncionalidad de la familia de Alfonso Arregui. Conforme avanzan las partes, el lenguaje parece ir simplificándose, hasta alcanzar el tono y la sintaxis romántica de la última parte, donde la narradora es Vero y el medio narrativo el diario. En esta parte las frases del autor parecen alargarse.

En definitiva, Félix Teira ha tratado –y en mi opinión ha logrado– escapar de los estereotipos propios de las novelas de adolescentes. Y aunque no esté bien juzgar parcialmente una obra compuesta de partes, debo reconocer que coincido con la opinión de Ramón Acín al respecto. Lo mejor de esta buena novela es su segunda parte: Gemelo, una pequeña obra maestra narrativa de la que no pienso desvelar ni un solo detalle, para que tú, lector o lectora, los descubras por tu cuenta.